
La generación sin sueños: ser anciano en Cuba, una condena silenciosa
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Hay una escena de la película Suite Habana, de Fernando Pérez, que debería proyectarse en todas las escuelas de periodismo del mundo. Un hombre, frente a la cámara, dice sin aspavientos: “Ya no tengo sueños”. No lo dice con rabia, no lo dice con desesperación, lo dice con la frialdad de quien ha enterrado tantas ilusiones que ya ni recuerda dónde está el cementerio.
Esa frase, dicha en 2003, resuena hoy más que nunca en cientos de miles de cubanos que sobrepasan los cincuenta años. Porque en Cuba, envejecer no es llegar a una edad, es entrar en un territorio minado donde la esperanza se cambió hace décadas por la supervivencia más elemental. Y la supervivencia, cuando se alarga más de lo que la paciencia resiste, se convierte en una condena sin fecha de caducidad.

La vida en Cuba es dura para todos, pero para los ancianos es directamente un acto de crueldad institucionalizada. Porque un joven puede irse, puede cruzar la selva en Brasil, puede arriesgar su vida en Rusia, puede empezar de cero en otro país. El anciano, en cambio, no tiene esa opción. Su tiempo ya no alcanza para reconstruir, su cuerpo ya no responde a las palizas de la travesía, su energía se agota en la cola diaria por un pedazo de pan.

Y mientras tanto, sus hijos y sus nietos se han ido, uno tras otro, con cualquier pretexto, dejando atrás a los viejos como quien deja un mueble inservible. No es que los hayan abandonado por maldad, es que la dictadura les obligó a elegir entre salvarse o quedarse a morir. Y los ancianos, los que se quedan, pagan el precio de esa elección ajena.
Todos son desechables
El gobierno castrista no los tiene en cuenta. Nunca los tuvo. Porque en la retórica oficial, el anciano es un estorbo, un lastre, un recordatorio incómodo de que el sueño revolucionario se convirtió en pesadilla. No hay alimentos especiales para quienes necesitan una dieta mejor, no hay suplementos dietéticos para los que apenas pueden masticar, no hay medicinas para los que dependen de una pastilla diaria que no aparece en las farmacias.

Y los mensajes desde la cúpula, esos discursos vacíos que repiten Díaz-Canel y sus acólitos, nunca incluyen a los viejos. Hablan de la juventud, hablan del futuro, hablan de resistencia, pero nunca de quienes dieron su vida por una revolución que terminó devorándolos. Porque reconocer su existencia sería reconocer el fracaso.
El sueño que les vendieron durante décadas se esfumó de pronto, cuando el castrismo decidió que el “sálvese quien pueda” no era un lema para los turistas, sino la política oficial hacia su propio pueblo.

Unos pocos, los que estaban cerca del poder, los que supieron arrimarse al sol que más calienta, se enriquecieron y enriquecieron a sus descendientes por los tiempos de los tiempos. El resto, los que creyeron, los que militaron, los que aplaudieron en las plazas, los que denunciaron al vecino, los que fueron fieles soldados del régimen, hoy revuelven en la basura. Porque el castrismo no distingue entre leales y traidores cuando se trata de abandonar. Todos son carne de cañón, todos son desechables, todos terminan en el mismo vertedero de la historia.

La muerte silenciosa
Ser anciano en Cuba es una condena a muerte lenta. Silenciosa. Sin testigos. Entre techos de zinc que no resisten un aguacero, entre paredes que se caen a pedazos, entre colas interminables que no conducen a ninguna parte.

En esa lista de abandonados están cubanos normales: maestros que educaron generaciones, militares que cumplieron órdenes, campeones olímpicos que trajeron medallas a la patria, médicos famosos que salvaron vidas en misiones internacionales, músicos de renombre que hicieron bailar al mundo, y hasta chivatos del régimen que creyeron que su lealtad les compraría un lugar en el paraíso.

Todos ellos, ahora, solo piden lo mismo: que sus descendientes tengan una vida digna. Y muchos de ellos, los mismos que hace un año defendían la revolución a capa y espada, hoy susurran en voz baja un nombre: Trump. Porque la desesperación, cuando aprieta, no entiende de ideologías.
Y cuando no queda nada, cualquier tabla de salvación es bienvenida. Aunque venga del imperio. Aunque venga del enemigo. Porque la verdadera traición, la que duele de verdad, no es la del que se fue. Es la del que se quedó y les mintió durante sesenta años. Esa, amigos, no tiene perdón. Y los ancianos de Cuba, los que ya no tienen sueños, son su mejor testimonio.






