
La yegua que no relinchó
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Si hay algo que Enrique VIII dominaba mejor que la decapitación era el arte de salir bien parado quedándose con todo, que no es poco. Cuando el rey de Inglaterra necesitaba quitarse a alguien de encima, no se limitaba a invocar a la Iglesia o a la ley: montaba un relato, que es algo muy británico. Y el relato sobre su cuarta esposa, Ana de Cleves, ha demostrado una vida útil asombrosa: quinientos años y todavía funciona, como un chiste malo que se cuenta en los banquetes.
La versión oficial dice que Enrique, al verla en persona, la encontró tan repulsiva que la bautizó como «yegua de Flandes» y apenas pudo tocarla. El problema, amigo, es que esa frase no la dijo él. La inventó un obispo inglés siglo y medio después de que ambos estuvieran criando malvas. Así que esto no es una historia de difamación, sino de difamación con premio doble: la calumnia original de Enrique, y la que le añadió después un historiador que necesitaba un buen titular.
Contradicciones
Enrique envió a su pintor estrella, Hans Holbein el Joven, a Alemania para retratar a la candidata. Holbein, que no era precisamente un aficionado ni un adulador profesional, pintó a una mujer de rasgos serenos, con un tocado exquisito. El embajador inglés que la vio en persona juró que el retrato la reflejaba «muy fielmente». Ahí no hay ningún monstruo. Hay una mujer de su tiempo, y punto.
El embajador francés, que no tenía ningún interés en hacerle la pelota a Enrique, opinaba justo lo contrario: la describió como alta, esbelta y de «belleza media». Ni fea ni un prodigio: una mujer corriente. El único que la vio horrible fue, qué casualidad, el único al que le convenía verla horrible. La alianza política con los príncipes protestantes alemanes había perdido su urgencia, y la solución fue convertir un error de cálculo político en un problema de alcoba.
Lo más irónico de esta historia es que Ana de Cleves fue la única que, de verdad, ganó la partida. Mientras otras esposas perdieron la cabeza, Ana aceptó el divorcio con una inteligencia política pasmosa. A cambio, obtuvo un patrimonio envidiable, el título de «hermana del Rey» y una independencia que muy pocas mujeres de la época podían ni soñar. Vivió diecisiete años más en Inglaterra organizando fiestas y, probablemente, riéndose por dentro de lo bien que había escapado.






