La cojera de Alejandra: cuando medio Londres se rompió un pie por imitar a una princesa

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Corría 1867 cuando Alejandra de Dinamarca, Princesa de Gales y la mujer más imitada de todo el Imperio Británico, cayó enferma de fiebre reumática —otras fuentes apuntan a polio— tras dar a luz a su tercer hijo. Estuvo a punto de palmarla. Se salvó, pero la enfermedad le dejó una cojera pronunciada que la acompañaría el resto de su vida.

Hasta aquí, una historia triste y punto. Lo que ocurrió después no tiene nombre. Bueno, sí lo tiene: The Alexandra Limp, la cojera de Alejandra. Y es una de esas páginas de la historia de la moda que uno lee y no sabe si reír, llorar o mandarlo todo a paseo.

Alejandra llevaba años siendo la pesadilla de las modistas de media Europa. Era guapa, elegante y tenía ese don fatal de las personas carismáticas: todo lo que tocaba se convertía en tendencia. Cuando empezó a llevar gargantillas para disimular una cicatriz en el cuello, las damas de la aristocracia británica se las echaron encima en masa. Cuando optó por escotes altos, desaparecieron los escotes bajos de los salones de Londres como por arte de magia.

Así que cuando la fiebre reumática la dejó coja, a nadie debería haberle sorprendido lo que sucedió a continuación. Las mujeres adineradas de los barrios elegantes empezaron a circular con un andar desequilibrado, ese balanceo sutil que se consigue fácilmente con un par de zapatos desparejados. Los zapateros, que no tenían un pelo de tontos, vieron el negocio al vuelo y comenzaron a fabricar calzado con una suela más gruesa que la otra para que las clientas pudieran ejecutar con mayor fidelidad la cojera de moda.

La locura de la moda

Lo verdaderamente glorioso es que la locura no se quedó entre las ricachonas. Desde las mansiones más opulentas de Londres hasta los barrios populares de Edimburgo, mujeres de todas las clases sociales, incluidas las obreras de las fábricas, imitaban la forma de caminar de la princesa como si les fuera la vida en ello.

Un periodista del North British Mail lo describió en 1869 con una mezcla de perplejidad y espanto: «Al tomar mi paseo habitual, me encontré con tres damas. Eran las tres jóvenes, las tres bellas… ¡y las tres cojas! Al menos, esa era mi impresión, ya que todas llevaban hermosos bastones y cojeaban».

Efectivamente, la moda de los bastones enjoyados se atribuye también a este disparate colectivo. Cojeaban con bastón, pero con clase, eso sí. El Dundee Courier intentó poner coto a semejante despropósito con una frase que merece un altar en cualquier antología del sentido común: «Debe haber un límite en el que incluso la locura de la moda deje de caricaturizar la desgracia humana». No sirvió de nada.

La moda como epidemia

La moda desapareció por sí sola hacia 1870, víctima de su propio exceso y del escarnio público. Las despiadadas caricaturas de la revista satírica Punch, que hacían pasar a las damas de la alta sociedad por gansos mareados, terminaron por convertir la tendencia en algo insufriblemente ridículo.

Además, la tiranía del miriñaque llegó a su fin para dar paso al polisón, obligando a las mujeres a adoptar una nueva postura corporal igual de absurda, pero diferente. Renovarse o morir. Así funciona la alta costura, queridos lectores. Un día cojeas con bastón de plata y al siguiente llevas un armazón en el trasero como si fueras una catedral andante.

Alejandra vivió hasta 1925, alcanzó los 81 años y sobrevivió con creces a la absurda moda que había inspirado sin querer. Lo que no sobrevivió fue su matrimonio pleno: el futuro Eduardo VII, su marido, era un mujeriego incorregible al que la cojera de su esposa no le quitó el sueño ni una sola noche. Pero eso ya es otra historia.

La que nos ocupa es la de una sociedad tan rendida al culto de la celebridad que prefirió romperse un pie antes que renunciar a imitar a su princesa. Y luego dicen que la moda es frivolidad. Es mucho peor: es una epidemia.

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