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Por Yeison Derulo

La Habana.- Miguel Díaz-Canel apareció repartiendo llaves en la comunidad Los Tamarindos. Apenas entregó las primeras, lanzó una pregunta cargada de entusiasmo: «¿Cuándo se mudan?». Presidente, la verdadera interrogante es otra: ¿cuándo se mudan ustedes del poder?

La prensa oficial presentó el acto casi al nivel de la inauguración de Dubái. Doce viviendas construidas con contenedores marítimos, paneles solares, calles asfaltadas, aceras, luminarias y árboles que algún día darán sombra. Faltó anunciar que en cualquier momento aterriza Elon Musk para cortar la cinta inaugural.

La propaganda habla de una Revolución capaz de crear obras nuevas. Curiosa definición. Después de más de seis décadas en el poder, terminan celebrando contenedores adaptados para vivir. Cualquier extranjero pensaría que se trata de una solución provisional tras un terremoto. En Cuba lo venden como un logro histórico.

Lo más simpático resulta ver a medio Buró Político desfilando por las casitas. Ministros, dirigentes, funcionarios, fotógrafos, camarógrafos… había más invitados al recorrido que familias beneficiadas. Aquello parecía una visita turística organizada por Estudios Revolución.

No faltaron las imágenes del mandatario recorriendo los interiores, observando cada habitación con gesto de satisfacción. Da la impresión de que nunca ha tenido necesidad de vivir con apagones de veinte horas, cargar agua en cubos o cocinar sin gas. La realidad suele verse distinta desde un Palacio con aire acondicionado.

Y apareció el viejo libreto: la gratitud. Siempre hay alguien agradeciendo. Nunca falta la escena cuidadosamente seleccionada para la televisión. Nadie pregunta por las miles de familias que llevan años esperando un techo digno, ni por los edificios que amenazan con desplomarse en Centro Habana, ni por los barrios donde cada aguacero convierte las casas en piscinas.

Doce casas no cambian la tragedia habitacional de un país entero. Lo único que cambia es la escenografía para el próximo reportaje del Noticiero Nacional. Los cubanos siguen esperando viviendas, electricidad estable, agua, alimentos y salarios dignos. El régimen, fiel a su costumbre, continúa inaugurando pequeñas obras con una fanfarria desproporcionada, intentando convencer al pueblo de que un vaso de agua equivale a un océano.

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