La batalla que partió a Roma en dos

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Julio César llevaba muerto apenas un año y el mundo romano ya era un tablero de ajedrez manchado de sangre. En abril del 43 a.C., en las llanuras de Forum Gallorum, dos bandos de veteranos que habían jurado lealtad al mismo hombre se enfrentaron con la furia de quienes saben que solo hay una salida: la muerte del otro. Marco Antonio, el lugarteniente más fiel, quería el control total. El Senado, con sus hombres, quería frenarlo. Y en medio, las legiones de César, ahora divididas, se miraban a los ojos antes de clavarse la espada.

La batalla no fue en un campo limpio y seco, sino en un terreno pantanoso, flanqueado por la vía Emilia. La infantería se hundía en el barro mientras la caballería cargaba sin piedad. Durante horas, el sol primaveral iluminó un espectáculo dantesco: hombres que habían luchado codo a codo en las Galias y en Egipto, ahora se destrozaban con la misma saña con la que antes destrozaban a los enemigos de Roma. No había honor, solo odio.

Antonio logró inclinar la balanza a su favor. Su experiencia y su ferocidad inclinaron el combate, y durante un momento pareció que el Senado había perdido la partida. Pero entonces apareció el cónsul Hirtio con un contraataque sorpresa, y el tablero se invirtió de nuevo. Al caer la noche, Antonio tuvo que retirarse, no derrotado del todo, pero sí obligado a replegarse. La victoria era humo, la derrota, una herida abierta.

La sombra de César

Forum Gallorum fue solo el primer acto de una tragedia que duraría décadas. La muerte de César no había cerrado ninguna herida, sino que había abierto todas las compuertas del infierno. Los mismos que habían aclamado al dictador ahora se mataban por su herencia, como perros hambrientos por un hueso. Y Roma, la dueña del mundo, se desangraba en sus propias calles y campos.

Nadie ganó aquel día. Ni Antonio, ni el Senado, ni siquiera la República. Solo la certeza de que la guerra civil no había hecho más que empezar. Porque cuando un hombre como César cae, su sombra es demasiado larga para que alguien pueda llenarla sin ensuciarse las manos. Y los que habían sido hermanos de batalla, aprendieron que el pasado no sirve de nada cuando el futuro está en juego.

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