
La Generación del Centenario
Por Oscar Durán
La Habana.- Ahora que le celebraron los cien años del natalicio a Fidel Castro, vale la pena presentar a la verdadera Generación del Centenario. No la de los discursos solemnes, las flores ni los documentales repetidos hasta el cansancio. Hablo de la que despertó esta mañana con el estómago vacío, la que aprendió a sobrevivir antes que a vivir, la que heredó un país convertido en ruinas y una ideología incapaz de llenar un plato.
Es la generación de los niños que se saben de memoria un reguetón donde la vulgaridad sustituye cualquier otra enseñanza. Van creciendo entre letras obscenas, sin maestros que los formen ni pupitres donde sentarse. Asisten a la escuela por costumbre, no por aprendizaje. El aula dejó de ser un lugar para construir el futuro y terminó convertida en una guardería de la desesperanza.
También es la generación del hombre que se acuesta sin probar un bocado. Cierra los ojos pensando de qué manera conseguirá robar un poco de aceite dieléctrico, un panel solar o cualquier cosa que pueda cambiar por comida. En Cuba el delito dejó de ser una excepción. Se transformó en un mecanismo de supervivencia.
Es la generación de los jubilados que pasan tres días haciendo una cola para retirar dos mil pesos de un cajero automático que casi nunca tiene efectivo. Cuando finalmente les toca el turno, descubren que la paciencia fue el único premio.
Es la generación de muchachas y muchachos que todavía no cumplen veinte años y ya venden su cuerpo. No buscan lujos ni vacaciones. Intentan resolver el almuerzo del día siguiente. Esa es la dimensión exacta de la tragedia.
También aparecen los policías que aceptan cualquier soborno. No lo hacen únicamente por corrupción; muchos regresan a sus casas con la misma necesidad que persigue al resto del país. El uniforme ya no garantiza dignidad ni respeto. Apenas sirve para negociar un plato de comida.
Es la generación de quienes terminaron refugiándose en las iglesias. Perdieron la fe en la política, en los discursos y en los salvadores de turno. Miran al cielo buscando una respuesta que nunca encontraron en la tierra.
No podían faltar las ciberclarias. Asisten disciplinadamente a cada acto revolucionario, levantan consignas, publican fotos patrióticas y, terminada la función, llaman al familiar que vive en el yuma para pedirle un combito. La doble moral dejó de esconderse. Ahora desfila con naturalidad.
También vive aquí el presidente del CDR convertido en próspero dueño de una Mipyme. Declara ganancias diarias que cualquier profesional honrado tardaría años en reunir. El precio del aceite cambia según su conveniencia y nadie pregunta de dónde salió semejante prosperidad.
Hay actores capaces de abrazar a Dios por la mañana y al diablo por la tarde. Funcionarios que deciden qué circuito tendrá electricidad después de recibir un pago por debajo de la mesa. Segurosos dedicados a perseguir opositores, aunque en sus propias casas la familia llaman a Díaz-Canel como el Singa’o de los Sinag’os.
Y ahora que hablo de ese elemento, también aparece Lis Cuesta preguntándole a su hijo si ya retiró en el banco BBVA todos los millones pertenecientes a un pueblo esclavo. O si quieres llegamos hasta la termoeléctrica Antonio Guiteras, donde turnos enteros solicitan la baja y, semanas después, aparecen cruzando la frontera entre Guyana y Brasil en busca de un destino distinto.
Esa es la auténtica Generación del Centenario. La que no desfila orgullosa con una bandera en la mano, sino con una mochila lista para emigrar. La que aprendió a callar, sobornar, escapar, prostituirse, rezar o sobrevivir según la circunstancia. La que jamás conoció la abundancia y terminó normalizando la miseria.
Cien años después del nacimiento del hombre que prometió construir el paraíso, la herencia visible no son las victorias que repite la propaganda. Son estos rostros. Son estas historias. Son millones de cubanos convencidos de que el centenario no se celebra con fuegos artificiales ni discursos interminables.
Se recuerda contemplando el país que dejaron.






