El chiste malo de la naturaleza llamado Australia

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Vamos a desmontar una de las mentiras más cómodas que ha repetido la historia con bigote y corbata: que los aborígenes australianos eran unos pobres diablos sin oficio ni beneficio porque no se les ocurrió plantar un pepino. Como si el problema fuera de inteligencia y no de que el territorio era un puto chiste malo de la evolución. Porque usted coja un mapa, señale el culo del mundo y verá que allí la naturaleza no repartió herencia, repartió hostias.

Los eurasiáticos tuvimos la suerte de nacer con el pack completo: vacas que se dejan ordeñar, caballos que tiran del carro y cerdos que engordan solos. En Australia tenían canguros. Y no me venga con cuentos de que podían engancharlos al arado, porque el día que un granjero intente ponerle un yugo a un bicho de ochenta kilos que sólo sabe saltar y dar coñazos, se va a enterar de lo que es volar sin billete. El canguro no tira, rebota; no obedece, se estresa; y si te descuidas, te deja los huevos a la altura del ombligo. No hay imperio agrícola que aguante semejante castaña.

Y ojo, que no es que no hubiera bichos grandes. Había monstruos de tres toneladas, marsupiales que parecían sacados de una peli de serie B. Pero los primeros humanos que llegaron hace 40.000 años se los merendaron como si fueran un buffet libre, porque aquellos bichos no tenían ni idea de que el hombre con palo era sinónimo de peligro. Los animales de Eurasia llevaban milenios aprendiendo a huir de nosotros; los australianos, en cambio, se quedaron mirando y acabaron en el menú. Adiós megafauna, adiós vaca, adiós esperanza de dejar de andar doce horas para cenar una raíz amarga.

Los aborígenes australianos no eran tontos

Porque el campo tampoco ayudaba. En Oriente Próximo la tierra explotaba en trigo y cebada como si pidiera que la cultivaran. En Australia, de miles de plantas, ni una sola daba grano que valiera la pena. Lo más parecido a un cultivo útil que parió esa tierra fue la nuez de macadamia, que está muy bien para el aperitivo de los sábados, pero no para mantener en pie una civilización con reyes, soldados y poetas. Así que no, no iban a fundar un imperio a base de frutos secos y lagartos asados.

Pero que nadie se equivoque: los aborígenes no eran tontos, eran supervivientes. Sabían más de botánica que muchos científicos de salón, quemaban montes a propósito para que rebrotara comida y manipulaban raíces como si fueran cirujanos. Sólo que no daban el salto a la agricultura porque era un negocio ruinoso: sudar la gota gorda para cosechar cuatro hierbas miserables no compensaba. Cuando los británicos llegaron en 1788 con sus ovejas y sus trigos, no venían a demostrar superioridad racial, venían con la maleta biológica que Australia nunca tuvo. El atraso no fue culpa de ellos, fue culpa del mapa.

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