La Vía Apia, la reina que no se jubila

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hay caminos que llevan a Roma, y hay uno que Roma se encargó de construir para que el mundo supiera que había llegado para quedarse. En el año 312 antes de Cristo, un censor romano llamado Apio Claudio el Ciego —que ciego no debía de andar, porque vio lo que nadie había visto hasta entonces— ordenó levantar la primera gran autopista de la historia.

No era un capricho de burgués con toga, era una necesidad militar: los samnitas estaban dando guerra y Roma necesitaba mover tropas y suministros a toda velocidad hacia el sur. Y así nació la Vía Apia, la calzada que los romanos bautizaron como Regina Viarum, la reina de los caminos.

El trazado original unía Roma con Capua, unos 212 kilómetros de piedra bien puesta. Pero los romanos, que nunca sabían cuándo parar, no se conformaron. Extendieron la vía hasta Benevento, luego hasta Taranto y finalmente hasta Brindisi, el puerto que les abría las puertas de Grecia y Oriente.

La Vía Apia, la reina que no se jubila

Cuando terminaron, la Vía Apia medía más de 500 kilómetros de largo, y en su conjunto, con todas sus variantes, llegaba a los 800 o incluso 1.200 kilómetros. Una línea recta que atravesaba pantanos, montañas y ciudades, como un latigazo de civilización en medio de la barbarie.

El desafío del tiempo

Pero lo que hizo eterna a la Vía Apia no fue su longitud, sino su construcción. Los ingenieros romanos no improvisaban. Cavaban zanjas profundas, rellenaban con capas de piedras y mortero, y encima colocaban losas de basalto volcánico encajadas con una precisión que ni un carpintero moderno. La calzada tenía unos seis metros de ancho, ligeramente abombada en el centro para que el agua de lluvia escurriera a los lados, y flanqueada por andenes para los peatones. No era un camino, era una obra de ingeniería que desafiaba al tiempo. Y el tiempo, como los samnitas, perdió la batalla.

La Vía Apia, la reina que no se jubila

Porque la Vía Apia (https://www.facebook.com/reel/1060027783176261) sigue ahí. Tramos de sus 2.300 años de historia se conservan intactos, con losas que aún soportan el peso de los siglos. Los romanos la usaron para mover ejércitos, comerciar, administrar un imperio y, también, para dar lecciones de terror: cuando Espartaco fue derrotado, más de seis mil esclavos fueron crucificados a lo largo de la vía, como un aviso para navegantes. Pero la carretera no se inmutó. Siguió recibiendo viajeros, peregrinos, comerciantes y emperadores, mientras el imperio se desmoronaba a su alrededor.

Hoy, la Vía Apia es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Puedes recorrer sus tramos mejor conservados, desde la Puerta de San Sebastián en Roma hasta el Mausoleo de Cecilia Metella, pasando por catacumbas y villas romanas que parecen congeladas en el tiempo. No es un museo, es una carretera que todavía funciona. Porque los romanos no construían para el presente, construían para la eternidad. Y la Vía Apia, la reina de los caminos, sigue ahí, desafiando al asfalto y a los siglos, demostrando que una buena idea bien ejecutada nunca pasa de moda.

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