
El espejo de la miseria: así se ve un cubano en Cuba
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Las redes sociales no mienten. Con solo abrir Facebook o Instagram, cualquier usuario puede identificar a un cubano que vive en Cuba sin que lo diga explícitamente. No hace falta que escriba «La Habana» o «Santiago» en su perfil. Basta con ver el entorno que lo rodea: paredes desconchadas, techos de fibrocemento, pisos de cemento y muebles que parecen haber sobrevivido a la década del 50, cuando todavía había esperanza.
Esa postal decadente, esa estética de abandono, es la tarjeta de presentación de una isla que lleva 67 años en ruinas, y que parece haber convertido la miseria en patrimonio nacional.

Pero el entorno es solo el primer indicio. La verdadera prueba está en el cuerpo de las personas. En Cuba, muchos hombres posan sin camisa, no por exhibicionismo, sino porque no tienen otra cosa que ponerse. Las mujeres visten licras como si fueran una prenda de vestir formal, porque es lo único que el mercado informal les ha permitido conseguir a precio de oro. Y el cabello, ese que debería ser señal de cuidado y arreglo personal, se ve opaco, descuidado, fruto de la falta de champú y acondicionador, productos que en cualquier país del mundo son básicos, pero que aquí se han convertido en un lujo.
Y lo peor de todo: la sonrisa. O mejor dicho, la ausencia de ella (https://www.facebook.com/reel/1723161056232958). En Cuba, las sonrisas son cada vez más escasas, y cuando aparecen, muchas veces muestran un vacío: la ausencia de dientes, porque las clínicas estomatológicas carecen de equipos, materiales y especialistas para atender a la población. El castrismo ha logrado que los cubanos consideren normal, natural, hasta digno, posar para una foto sin incisivos ni molares, como si la salud bucal fuera un lujo burgués.

La crisis de años y años
Y no es solo la dentadura. Es la ropa raída, los zapatos remendados, las camisas con cuellos deshilachados, los pantalones que han visto mejores días. Es la ausencia de desodorante, de jabón de baño, de champú. Es el cuerpo que huele a necesidades no cubiertas, a pobreza crónica, a resignación. Todo eso se nota en una foto. Todo eso delata la crisis que el régimen se empeña en negar mientras los dirigentes visten trajes de marca y viajan en aviones oficiales.
¿Cómo puede un cubano vestirse bien con un salario que no alcanza ni para comprar un cartón de huevos? ¿Cómo puede arreglarse el cabello si una botella de champú cuesta lo que un mes de trabajo? ¿Cómo puede sonreír con dignidad si el dentista no tiene ni anestesia para tapar una caries?
La comparación
Pero la foto más reveladora es la comparación. Porque los mismos cubanos que en la isla apenas sobreviven, que caminan con la cabeza gacha y la ropa desgastada, que muestran una dentadura incompleta y un cabello sin brillo, se convierten en otras personas cuando logran salir de la isla.

Entonces aparece el cubano del exilio: con ropa nueva, el cabello arreglado, la sonrisa completa, la mirada limpia. No es que hayan cambiado de esencia, es que han cambiado de contexto. Fuera de Cuba, pueden trabajar, pueden comprar, pueden cuidarse. Dentro de Cuba, el régimen les ha robado hasta la posibilidad de verse bien en una foto.

La pregunta es inevitable: si el salario de tres meses no alcanza para comprar un pantalón o unos tenis, si una visita al dentista se convierte en una odisea, si el champú es un artículo de lujo, ¿por qué hay quienes siguen defendiendo al castrismo? ¿Por qué hay quienes justifican la miseria, la escasez y el hambre? Porque el régimen ha creado una legión de acomodados, de privilegiados, de serviles que viven a costa del dolor ajeno.
Esa es la verdad que no quieren ver los que todavía vitorean a Díaz-Canel mientras el pueblo se desangra. La diferencia entre un cubano dentro y otro fuera de la isla no es genética ni cultural. Es política. Es la diferencia entre vivir en una dictadura que te quita hasta la sonrisa, y vivir en libertad. Y mientras existan quienes justifiquen esa dictadura, la miseria seguirá siendo la única herencia que el castrismo deje a su paso.






