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Por Oscar Durán

La Habana.- Después de ver el teatro en casa de Pinar del Río, siento que debo dedicarle unas líneas a este pedazo de tierra perdido en el Mar Caribe. Un país sin destino…sin nada.

Cuba es, probablemente, el único país del mundo donde un trabajador por cuenta propia termina pagándole la pensión a un anciano ingeniero industrial.

Cuba es el único país donde anuncian la visita de un Singa’o a un municipio y, de pronto, aparecen brigadas asfaltando calles, recogiendo basura, pintando contenes y sembrando flores. En cuanto el carro con la comitiva dobla la esquina, el barrio vuelve a la misma desgracia de siempre.

Cuba es el único país donde gritar «¡Abajo la dictadura!» puede costarte diez años de cárcel, mientras robar millones desde un ministerio casi siempre termina con un cambio de puesto o un silencio conveniente.

Cuba es el único país donde la gente critica al gobierno en voz bajita, mira primero para los lados y después pregunta: «¿Aquí no hay nadie escuchando, verdad?». El miedo también aprendió a vivir entre nosotros.

Cuba es el único lugar donde los dirigentes explotan… pero para arriba. Mientras el pueblo baja un escalón cada día, ellos inauguran casas nuevas, carros nuevos y viajes nuevos.

Cuba es el único país donde la oposición anda más dividida que un terreno reseco en plena sequía. Hay más organizaciones que resultados y más comunicados que unidad.

Cuba es el único lugar donde la miseria dejó de ser una tragedia para convertirse en paisaje. Ya nadie pregunta por qué falta el pan. La pregunta es si mañana aparecerá.

Cuba es el único país donde un delincuente entra a una casa, carga con el refrigerador, el ventilador y hasta la cazuela, y el vecino comenta resignado: «Bueno, por lo menos no mató a nadie».

Cuba es el único lugar donde los dirigentes hablan de prosperidad sin haber hecho una cola para comprar pollo en toda su vida.

Cuba es el único país donde un almendrón funciona con aceite comestible, grasa reciclada o cualquier invento salido de la desesperación. Si mañana alguien le echa caldo de frijoles al motor y arranca, tampoco sorprendería demasiado.

Cuba es el único país donde te enseñan desde niño a odiar al «imperio», pero el pollo, el arroz, las remesas, los medicamentos y hasta los teléfonos con los que publican esos discursos llegan, directa o indirectamente, gracias al mismo país que demonizan.

Cuba es el único lugar donde un médico salva vidas durante treinta años y termina manejando un bicitaxi porque curar enfermos da menos dinero que llevar pasajeros.

Cuba es el único país donde un ingeniero vende pizzas, un profesor alquila habitaciones y un custodio termina siendo empresario del mercado negro.

Cuba es el único lugar donde un apagón de doce horas ya se considera «corto». Si dura cuatro, hasta hay quien dice que el servicio mejoró.

Cuba es el único país donde el agua llega una vez por semana y cuando aparece todo el barrio sale con cubos, pomos, tanques y calderos, como si estuviera celebrando una fiesta patronal.

Cuba es el único lugar donde el Estado te llama especulador por vender un cartón de huevos, pero no encuentra huevos para venderte.

Cuba es el único país donde un salario dura menos que una batería de linterna.

Cuba es el único lugar donde la libreta de abastecimiento se llama así porque abastece únicamente de paciencia.

Cuba es el único país donde un joven estudia cinco años en la universidad para terminar soñando con limpiar piscinas en otro continente.

Cuba es el único lugar donde emigrar dejó de ser una decisión y pasó a ser un proyecto de vida.

Cuba es el único país donde el gobierno culpa al embargo hasta cuando se rompe una tubería que lleva cuarenta años sin mantenimiento.

Cuba es el único lugar donde un ministro asegura que todo marcha bien mientras el pueblo cocina con carbón porque no hay gas.

Cuba es el único país donde los dirigentes hablan de resistencia creativa y la creatividad consiste en inventar qué comer mañana.

Y, sin embargo, detrás de cada una de estas ironías hay una tristeza enorme. Ninguna de estas frases tendría gracia si no describieran la vida cotidiana de millones de cubanos.

Nos hemos acostumbrado tanto al absurdo que ya casi no nos sorprende. Nos parece normal hacer ocho horas de cola por un pedazo de pollo. Nos parece normal vivir a oscuras. Nos parece normal que un jubilado sobreviva gracias a un hijo emigrado. Nos parece normal callar por miedo. Ese es, quizás, el mayor triunfo de cualquier dictadura: lograr que la anormalidad se convierta en costumbre.

Cuando un país normaliza el hambre, el silencio, la pobreza y el miedo, deja de vivir. Simplemente aprende a resistir mientras espera que algún día vuelva la dignidad.

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