La niña que Japón mandó lejos y luego no supo dónde poner

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Japón quería modernizarse. Y para eso, en 1871, organizó la misión Iwakura: una expedición para copiar lo bueno de Occidente. Entre los viajeros, cinco niñas. La menor tenía seis años. Se llamaba Tsuda Umeko.

Cruzó el Pacífico, atravesó Estados Unidos y acabó en casa de los Lanman, cerca de Washington. Allí aprendió inglés, fue a la escuela y creció como una americana más. Once años. Toda una infancia.

Volvió a Japón en 1882. Tenía 17. Y se encontró con un país que la había enviado a estudiar pero no tenía ni idea de qué hacer con ella. Había olvidado el japonés cotidiano. Y las oportunidades para una mujer como ella seguían siendo mínimas.

En 1886 consiguió trabajo en la Escuela de las Pares. Prestigioso, sí. Pero Umeko vio la trampa: Japón quería modernizarse con conocimientos occidentales, pero a sus mujeres las seguía educando para la casa. Contradicción en toda regla.

La niña que Japón mandó lejos y luego no supo dónde poner

En 1889 se volvió a marchar. Esta vez no la mandaba nadie. Estudió biología en Bryn Mawr. Y allí vio otro modelo: grupos pequeños, investigación, profesores cerca de los alumnos. Volvió con una idea clara: no bastaba con enseñar inglés. Había que formar mujeres que pensaran.

En 1900 dejó la seguridad de sus puestos y abrió en Tokio el Joshi Eigaku Juku. Empezó con diez alumnas. Quería mujeres “all-round”: con criterio, conocimientos y capacidad para participar en la sociedad. La escuela sobrevivió, creció y hoy es Tsuda University. Desde 2024, su cara está en el billete de 5.000 yenes. Japón tardó más de un siglo en hacerle un sitio. Ella, mientras tanto, ya se lo había construido.

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