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title: El canciller cubano no se atreve a decir el nombre del Cangrejo
date: 2026-09-25T12:18:28Z
modified: 2026-09-25T12:18:28Z
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excerpt: "El canciller cubano Bruno Rodríguez evade confirmar si \"El Cangrejo\", nieto de Raúl Castro, negocia con EE.UU. Descubre la verdad detrás de esta evasiva y el poder real en Cuba."
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featured_image_alt: En la foto, Bruno Rodríguez durante la entrevista con NBC
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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Bruno Rodríguez Parrilla compareció ante Andrea Mitchell, de NBC News, con esa solemnidad de funcionario que ha aprendido a hablar mucho sin decir nada, y cuando la periodista le preguntó directamente si el nieto de Raúl Castro, Raúl Guillermo Rodríguez Castro —alias El Cangrejo—, es quien lleva las conversaciones con Estados Unidos, el canciller se replegó como un caracol al que le tocan las antenas: «Le he dicho que no voy a entrar en detalles».

Ahí está, en esa frase mínima y cobarde, toda la miseria de un ministro de Relaciones Exteriores que ya no representa a nadie, que firma comunicados que no redacta, que asiste a reuniones donde no decide, y que ahora ni siquiera se atreve a confirmar lo que todo el mundo sabe: que en Cuba quien negocia con Washington no es el gobierno formal, sino un nieto con alias de crustáceo.

Es una actitud mezquina, sí, pero también es una actitud lógica en alguien que ha entendido que su cargo es decorativo. Bruno Rodríguez no es el canciller de Cuba: es el portavoz de un poder que no pasa por la Cancillería.

Mientras él responde con evasivas en los pasillos de la ONU, El Cangrejo —un hombre sin cargo oficial, sin investidura constitucional, sin responsabilidad ante nadie— se sienta a la mesa con Marco Rubio y con quien haga falta. Y Bruno lo sabe. Y Díaz-Canel lo sabe. Y los dos callan. Porque en el fondo de esa evasiva no hay estrategia diplomática ni secreto de Estado: hay miedo. Miedo a Raúl, miedo a la familia, miedo a decir en voz alta que el aparato formal del Estado cubano es una comparsa mientras los verdaderos dueños del país negocian su futuro como si fuera un asunto de familia.

## Un canciller sin cojones

La cobardía de Bruno Rodríguez no es nueva, pero alcanza en esta entrevista una dimensión casi literaria. El 8 de septiembre negó que existieran negociaciones: «No ha habido ni hay negociaciones, ni existen acuerdos u hojas de ruta». Dos semanas después, Trump habla de una negociación conducida por Rubio, y Bruno matiza, se retuerce, reconoce «contactos» pero no «negociación», admite canales pero no reuniones programadas, y cuando le preguntan por el nieto de Raúl se escuda en el «no voy a entrar en detalles».

Es el mismo hombre que hace años pontificaba sobre la dignidad revolucionaria y la soberanía, y que hoy no es capaz de decirle al mundo que en su propio ministerio ya no se decide nada. Un canciller que no puede confirmar quién negocia con la potencia que bloquea a su país es un canciller que ha dejado de existir como autoridad.

Y mientras Bruno se encoge, el pueblo cubano sigue en las colas, en los apagones, en los hospitales sin medicamentos, en las guaguas que no pasan, en esa agonía cotidiana que el canciller describe como «dolorosa, muy dolorosa» pero que él no vive ni de lejos.

Él tiene aire acondicionado, chofer, combustible, seguridad. El pueblo tiene hambre, y lo que le llega no es la voz de un ministro que lo defienda, sino el silencio de un funcionario que prefiere no incomodar a la familia gobernante. Porque eso es lo que hace Bruno Rodríguez: no proteger los intereses de Cuba, sino los equilibrios internos de un poder que se ha vuelto dinástico, donde los apellidos importan más que los cargos y la sangre más que la Constitución. Un canciller que no confirma el nombre de quien negocia es un canciller que ha aceptado su irrelevancia.

## El servilismo a la familia real

La escena, además, tiene un componente tragicómico que no se le escapa a nadie: el gobierno cubano insiste en que no hay negociación formal, pero Trump dice que Rubio está conduciendo una negociación; Rubio dice que hay personas dentro de la Isla con las que se puede trabajar; y Bruno, en medio, dice que no entrará en detalles.

¿Qué detalles? ¿Los que revelarían que el gobierno que él representa es una fachada? ¿Los que confirmarían que Díaz-Canel no pinta nada en esta película? ¿Los que dejarían al descubierto que el verdadero interlocutor es un nieto sin cargo, sin voto, sin responsabilidad, pero con el apellido correcto?

Bruno no calla por prudencia diplomática. Calla porque no puede hablar. Porque si hablara, tendría que admitir que él, el canciller, el ministro, el miembro del Buró Político, es un convidado de piedra en las decisiones que realmente importan.

De esta manera, se despide Bruno Rodríguez de su propia dignidad: con una evasiva ante una periodista que le preguntó lo que todo el mundo pregunta, en un pasillo de la ONU, mientras el hombre que de verdad mueve los hilos de Cuba se sienta en otra mesa, con otro nombre, con otro apellido, con otra agenda.

El canciller no confirma porque no puede. El gobierno no confirma porque no decide. Y el pueblo, mientras tanto, sigue esperando que alguien —cualquiera, incluso un Cangrejo— haga algo que valga la pena. Pero no se equivoquen: la cobardía de Bruno Rodríguez no es solo suya. Es la cobardía de todo un sistema que ya no gobierna, que solo administra su propia supervivencia, y que ha convertido la Cancillería en una oficina de trámites donde se firman papeles que otros redactan.

El canciller que no se atreve a decir el nombre del Cangrejo es el retrato perfecto de un gobierno que ya no se atreve ni a decir su propio nombre.

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