Comparte esta noticia

Por Hermes Entenza ()

Núremberg.- En Cuba quedan comunistas, lo sé; quedan pocos, pero existen. Los vi cientos de veces defender «las conquistas de la revolución» y despreciar todo acercamiento a ese cruel capitalismo, inhumano y feroz, que invade nuestra cultura nacional e impone modos de vida donde el lujo y el oropel enajenan a jóvenes y adultos explotados por la ferocidad y la sed de dinero; un sistema donde la práctica común es: «cuánto tienes, cuánto vales».

Uso la terminología clásica de esos seres; son viejos ilustrados, enceguecidos por una doctrina que les taladró la cabeza desde que eran jóvenes. Cuentan que en el capitalismo fueron pobres y la revolución les dio cosas con las que ni soñaban: un bombillo eléctrico, un empaste dental, una libreta escolar y la seguridad de que podían leer, contar hasta el cien y saberse las tablas de multiplicar. Cuentan también que les dio libertad de pensar y discernir entre el bien y el mal, junto con esa rosa roja de olor artificial que se les secó un día, y un perfume Hechizo sin fijador que, haciendo honor a su nombre, también se les esfumó de repente.

Estos individuos, que no en todos los casos son malas personas, apretaron las nalgas en el Período Especial y decidieron que había que luchar por mantener, al menos, el pálido reflejo en la pared de aquellos años 70 y 80, cuando la tobera soviética nos daba lo que le sobraba a cambio de nuestro azúcar y nuestras frutas. Recuerdan con nostalgia las tiendas Amistad, el coñac Preslav y las pizzetas de La Habana. Extrañan los colmillos blancos, los carnavales de Tumbalaburra con cerveza a dos pesos, y hasta los discursos de seis horas del Máximo Líder cuando gritaba: ¡Gusano, a tu hueco!

El taladro en el güiro entró con tanta fuerza que nunca interiorizaron que todo aquel mundo era ficticio. No comprendieron que «los bolos» nunca regalaron nada, ni fueron solidarios ni amorosos; tampoco que aquellas guaguas Hino, los taxis Dodge y hasta las pizzetas de 23 y 12 las estábamos pagando a cocotazos y sin poder negociar abiertamente con el mundo. Fue tal el desmadre que todavía, a estas alturas, Cuba debe miles de millones por levantar aquel circo que duró un par de décadas.

Pero estos viejos —buena gente algunos, y colorados hasta la médula—, al ver la caída libre de la carpa socialista, decidieron seguir defendiendo ese plan de vida que un día se convirtió en el emporio de dos o tres familias de «sangre azul». «No importa —imagino sus cabezas procesando—, esta revolución es para el bien de los humildes y hay que seguir luchando por los logros —cada día más escasos— que podemos conservar».

Es una lástima que no exista un modo de meterse en mentes ajenas y rebuscar allí dentro hasta encontrar en qué esquinita del cerebro se archivan las loas, los cánticos a la dictadura del proletariado y el amor morboso a las figuras claves del desastre. Quiero suponer que hoy están callados, con la cabeza debajo de la almohada mientras, como en una olla de presión, se les escapa por la válvula el espíritu de una época supuestamente mejor que la de hoy, pero que, en el fondo, fue la causante de todo lo que sucede en Cuba en estas horas.

¿Qué dirán ahora que llega todo aquello que odiaron, camuflado, por supuesto, con otra dosis de Diazepán político vencido? Al final, se ve a ojos vistas que el castillo de cartón con florecitas pintadas a mano no es otra cosa que ese fantasma neoliberal con disfraz de izquierda que tanto han combatido. ¿Un crustáceo con dos medallones de oro con los nombres de Raúl y Fidel será la nueva droga para esos infelices?

Quisiera verlos. Andan por las calles enflaquecidos, hambrientos y con los zapatos rotos; figuran como rara avis en las colas para un pedacito de pan, con sus frentes llenas de arrugas y las manos temblorosas por la inanición y los desvelos, bailando la karinga al compás de las marchas del pueblo combatiente y musitando bajito los nombres de los helados Guarina, los panqués, las naranjitas y el vodka Stolichnaya.

Quisiera verlos, en verdad. Quisiera verlos hoy y preguntarles: ¿quién es el gusano, el pueblo que pide cambios, los deportados, los presos políticos y el exilio, o el flamante Rey Cangrejo, salido de la nada y que, sin querer dialogar con el pueblo, vende el alma por vivir como un millonario capitalista?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy