
Cuando las imágenes derrotan a la propaganda
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- La intervención de Estados Unidos en la ONU desmontó, punto por punto, la retórica que durante décadas ha sostenido el régimen cubano. Frente a la comunidad internacional, se exhibieron los rostros de jóvenes encarcelados por el simple hecho de ser artistas, músicos o periodistas independientes. También se afirmó que el verdadero bloqueo no es el embargo estadounidense, sino el que el propio régimen ha impuesto al pueblo cubano durante 67 años.
Durante la exposición se mencionaron las mansiones de la familia Castro, los privilegios de la élite gobernante y los lujos capitalistas de los que disfrutan sus dirigentes y familiares. Se habló de sus viajes en jets privados a España y a otros destinos europeos, de las ropas de marcas exclusivas que visten y del contraste con una población que debe hacer interminables filas para conseguir un pedazo de pan, mientras quienes gobiernan disfrutan de langosta y de una vida de abundancia.
También se denunció la realidad de los prolongados apagones que padecen los cubanos, mientras los máximos dirigentes descansan con electricidad permanente y aire acondicionado. Ante esos señalamientos, la única respuesta de la delegación cubana fue interrumpir en repetidas ocasiones al representante estadounidense, calificándolo de mentiroso, sin presentar argumentos capaces de refutar las imágenes y las pruebas expuestas.
La intervención estadounidense resultó demoledora para el régimen castrista porque, más allá de las palabras, presentó evidencias que cuestionan su discurso y su propaganda oficial. Cuando los hechos hablan con claridad, los eslóganes pierden fuerza.
Con toda seguridad, ese discurso no será transmitido al pueblo cubano a través de los medios oficiales. Sin embargo, el resto del mundo sí pudo verlo. La ONU fue testigo de una exposición que, para muchos, dejó al descubierto una realidad que durante años el régimen ha intentado ocultar.
Después de una presentación de esa magnitud, solo queda una conclusión: pueden irse a llorar al parque, porque en la ONU no hay pañuelos suficientes para tantas lágrimas.






