
El canciller del bloqueo eterno
Por Jorge Sotero
La Habana.- Bruno Rodríguez volvió a la ONU con un talento que ya merece patrimonio nacional: convertir cualquier problema de Cuba en culpa exclusiva de Washington. Si se va la luz, bloqueo. Si falta combustible, bloqueo. Si un hospital opera con la linterna de un celular, bloqueo. A este ritmo, el día que aparezca un bache en el Malecón también habrá que pedir una reunión urgente del Consejo de Seguridad. La culpa nunca entra por el Palacio de la Revolución.
Lo más curioso fue el desfile de fotografías. Parecía más una presentación de PowerPoint que una réplica diplomática. Imagen tras imagen, la narrativa era la misma: Estados Unidos responsable de absolutamente todo. Lo que nunca apareció en la pantalla fue una sola foto de décadas de improvisación, empresas estatales quebradas, inversiones fallidas o ministros prometiendo soluciones que jamás llegaron. Esas diapositivas, por alguna razón, siempre desaparecen del archivo.
Después vino el inevitable ejercicio del «y tú más». Que si las redadas de ICE, que si la corrupción en Estados Unidos, que si los problemas sociales del vecino del norte. Nadie discute que Estados Unidos tenga defectos enormes, pero usar los errores ajenos para justificar los propios es como intentar apagar un incendio cambiando de conversación. Mientras el canciller señalaba hacia Washington, millones de cubanos seguían señalando hacia el reloj esperando el regreso de la electricidad.
El cierre tampoco decepcionó. Fidel invencible, el Che inmortal, Raúl con el pie en el estribo y la soberanía como escudo para cualquier crítica. Es un libreto tan repetido que uno puede adivinar el siguiente párrafo antes de que llegue. Cambian los embajadores, cambian las administraciones estadounidenses, cambia el escenario internacional, pero el discurso oficial permanece congelado en el tiempo, como si el calendario también estuviera bloqueado.
Lo verdaderamente llamativo no fue lo que Bruno Rodríguez dijo en la ONU, sino lo que decidió no decir. Ni una palabra sobre la inflación que asfixia al cubano, los apagones interminables, el éxodo masivo o los salarios pulverizados. Al final, el enemigo siempre está a noventa millas; los responsables, curiosamente, nunca aparecen en el espejo.
Esa probablemente, fue la mayor omisión de todo el discurso.






