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Por Max Astudillo ()

La Habana.- ¿Y este quién se cree que es? Raúl Guillermo Rodríguez Castro, «El Cangrejo», coronel de 42 años, nieto de Raúl Castro, ha decidido que es el hombre indicado para sentarse con Donald Trump y negociar el futuro de Cuba. Pero vamos a ver, ¿qué credenciales tiene este señor? No es diputado, no es ministro, no tiene ningún cargo en el Minrex. Es solo el nieto de. Un simple coronel que ha hecho una carrera meteórica en el escalafón militar gracias a su apellido, no a sus méritos. Esa es la única carta que juega.

Nació con el privilegio bajo el brazo. Hijo de un general, nieto de otro general que fue ministro de las Fuerzas Armadas durante medio siglo. Su padre, Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, manejaba GAESA, el holding militar que controla la economía cubana. O sea, este muchacho no llegó a coronel por sus habilidades tácticas o su inteligencia estratégica: llegó porque su abuelo es Raúl Castro, porque su otro abuelo era un general, porque su papá manejaba el dinero del régimen. En Cuba, ese es el único currículum que vale.

Pero lo más surrealista viene ahora: dice que puede negociar con Trump, pero que no sacrificará los principios de la Revolución. ¿Qué principios? ¿Los de Fidel? ¿Los de su abuelo? ¿Los mismos que han mantenido a Cuba en el hambre, la censura y la falta de libertades durante seis décadas? Entonces, ¿qué demonios va a negociar? Porque si su posición es la misma de siempre, si su lealtad es al sistema que ha oprimido a los cubanos, entonces su diálogo con Trump no es más que un circo para ganar tiempo. ¿Va a pedir que le quiten el bloqueo mientras mantienen el mismo modelo? Eso no es negociar, eso es mendigar con soberbia.

Cuba no necesita otro Castro… nunca más

Y encima, este señor se toma atribuciones que no tiene. No hay una sola institución cubana que lo haya designado. No hay una sola ley que le otorgue esa representación. Él mismo lo dijo: «Si la Revolución me lo pide, lo haría». Pero nadie se lo ha pedido. Él se ha autoasignado el papel de interlocutor porque su apellido empieza con C y termina con O. En cualquier país civilizado, esto sería un delirio de grandeza. En Cuba, es la lógica de una dictadura familiar.

Así que si Donald Trump se sienta con este personaje, que sepa lo que tiene enfrente: no a un negociador, sino a un producto del nepotismo castrista. Uno que cree que heredar un apellido es heredar el derecho a decidir el destino de once millones de personas. Y ojalá, ojalá que Trump, si acepta el encuentro, sea solo para decirle una frase: «Tienes 24 horas para ti y tu familia. Salgan de Cuba. El pueblo no los eligió, el pueblo no los quiere, el pueblo no los necesita».

Porque ese es el único mensaje que merece escuchar alguien que se cree con derecho a negociar la vida de millones sin que nadie lo haya votado. Los cubanos no votaron por Raúl Guillermo. Los cubanos no votaron por su abuelo. Los cubanos no votaron por nadie que lleve ese apellido. Y mientras sigan creyéndose dueños del país, cualquier negociación será una farsa. El único acuerdo que los cubanos esperan es el que ponga fin a esta dictadura de familia. Y para eso, no se necesita un nieto. Se necesita que ellos, de una vez, entiendan que su tiempo ya pasó.

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