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Por Luis Alberto Ramírez ()

Miami.- Existe una solución muy simple cuando aquello que hacemos no produce el resultado esperado: cambiar la manera de hacerlo. Es imposible obtener resultados diferentes haciendo siempre lo mismo. Del mismo modo, nadie puede esperar que una mata de aguacate dé manzanas. Si se quieren manzanas, hay que arrancar de raíz la mata de aguacate y sembrar un manzano.

Eso mismo ocurre con las nuevas medidas económicas en Cuba. No se pueden alcanzar resultados positivos mientras se mantengan intactas las causas que han provocado el desastre económico. Ninguna reforma dará frutos si el origen del problema permanece inalterable.

Todos los dirigentes castristas parecen caer en el mismo error: aspiran al progreso económico sin eliminar la raíz del problema. Es como pretender curar un cáncer sin extirpar el tumor que lo provoca.

Recientemente, un nieto de Raúl Castro afirmó que le gustaría conversar con Donald Trump para alcanzar un entendimiento que eliminara las barreras de confrontación entre el régimen de La Habana y Estados Unidos. Sin embargo, plantea ese acercamiento sin condiciones, sin exigencias y sin cambios en la estructura del poder cubano. En otras palabras: «Dame todo lo que necesito, pero no me pidas nada a cambio».

La primera pregunta es inevitable: ¿qué cargo relevante ocupa este individuo dentro de la estructura del Estado cubano? No pertenece al Buró Político, no es miembro de la Asamblea Nacional y no posee autoridad alguna para hablar en nombre del pueblo cubano. Su único mérito visible es llevar el apellido Castro.

Ese simple hecho refuerza la percepción de que Cuba funciona menos como una república y más como una finca administrada por una familia. Mientras algunos miembros del clan disfrutan privilegios inaccesibles para la mayoría, al pueblo se le exige sacrificio permanente.

Mariela Castro habla de austeridad mientras disfruta de un nivel de vida muy distante del cubano común. Los hijos y nietos de la familia gobernante estudian en universidades extranjeras, un privilegio que durante décadas ha estado fuera del alcance de la inmensa mayoría de los cubanos. Sandro Castro puede lanzar declaraciones provocadoras sin enfrentar consecuencias, mientras que cualquier ciudadano que reclame libertad o exija cambios termina encarcelado.

¿Dónde queda entonces la igualdad que proclama el sistema?

Como escribió George Orwell en Rebelión en la granja: «Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.» Esa frase parece describir con inquietante precisión la realidad cubana.

A veces me pregunto qué es realmente Cuba: ¿un país gobernado por instituciones o un realengo administrado por una sola familia?

No se puede pensar en libertad, cuando los libres sólo son aquellos que aplastan la libertad.

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