
Eduardo del Llano: la caída del bufón del régimen
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Hubo un tiempo, ya lejano, en que Eduardo del Llano parecía tener algo de ingenio. «Los cuentos de Nicanor» caminaban por la cuerda floja de la crítica tibia, ese lugar cómodo donde muchos intelectuales cubanos se instalaron para fingir disidencia sin arriesgar el pellejo. Pero la comodidad, se sabe, termina por revelar a cada uno. Y Del Llano ha terminado por quitarse la máscara. Hoy no es más que un bufón al servicio de la dictadura, de esos que aplauden mientras el pueblo se desangra.
Porque para él, todo está bien en Cuba. O al menos, todo está bien en su Cuba. La de él, la del cineasta que vive con las ventanas cerradas a la realidad. Mientras madres cubanas no tienen qué poner en la mesa, mientras los niños se duermen con hambre, entre el calor pegajoso y los mosquitos que vuelan sobre sus cuerpos cansados, Del Llano se sienta a escribir ocurrencias. O peor aún: se burla. Se burla de los que tocan cazuelas. Se burla de los que piden libertad. Se burla del padre Alberto Reyes, un hombre que tiene el valor de hablar desde la fe y la conciencia. ¿Qué puede esperarse de alguien que convierte el dolor ajeno en chiste?
Su argumento, por llamarlo de alguna manera, es el mismo de siempre: el bloqueo. Claro, el bloqueo es real. Pero Del Llano le atribuye el 70 por ciento de los problemas de Cuba. El otro 30 por ciento, dice, «no sabe». No sabe. Esa es la frase de un cínico consumado. Porque sí sabe, pero no quiere decir. Sabe que la dictadura se roba el combustible, que los militares controlan la economía, que la falta de libertad no la impone Washington, sino La Habana. Sabe que el hambre no es solo bloqueo, sino también saqueo interno. Pero le conviene no saber.
El talento al servicio del cinismo
Y mientras tanto, critica a todo el que intente señalar la podredumbre. Porque Del Llano se ha convertido en guardián de la corrección castrista. Si alguien alza la voz, él está allí para ridiculizarlo. Si una madre llora por su hijo desnutrido, él encuentra el ángulo para la broma. No hay dolor que le merezca respeto, no hay lucha que no pueda ser minimizada desde su cómoda posición. Es el intelectual orgánico del régimen, el que pone el talento al servicio del cinismo.
Lo más triste, quizás, es que él mismo fue, en apariencia, crítico. Pero la crítica light, la que no duele, la que se permite desde la institucionalidad. Ahora ha pasado al otro lado sin disimulo. Ya no hay metáforas. Ya no hay dobles lecturas. Hay un hombre que aplaude cuando apagan la luz, que justifica cuando falta la comida, que se ríe cuando los cubanos reclaman su derecho a vivir con dignidad. Ese no es un humorista ni un cineasta. Ese es un cobarde con altavoz.
Los cubanos no deben olvidarlo. No por rencor, sino por memoria. Porque gente como Eduardo del Llano es la que ha permitido que la dictadura se sostenga: los que aplauden desde la cultura, los que normalizan el horror con una sonrisa, los que convierten el hambre en anécdota. Un día, cuando Cuba sea libre, su nombre estará en la lista de los que pudieron hablar y prefirieron callar, de los que pudieron mirar y prefirieron burlarse. Y ese día, su risa le pesará más que cualquier censura.






