
La opulencia de los Castro y la miseria del pueblo
Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- El problema no es solamente una mansión. El problema es lo que esa mansión revela. En Cuba, la familia que durante más de seis décadas le pidió sacrificios al pueblo vive rodeada de privilegios, custodia, residencias exclusivas y comodidades que el cubano común ni siquiera puede imaginar. Mientras a la gente le falta la comida, la medicina, el transporte, el agua y la corriente, la casta revolucionaria sigue viviendo como una nobleza tropical disfrazada de socialismo.

El video sobre la residencia de Mariela Castro no debe verse como un simple chisme inmobiliario. Debe verse como una radiografía moral del régimen. Porque una casa así, en medio de una Cuba rota, apagada y empobrecida, no es solo una propiedad: es una confesión. Confiesa que la igualdad fue un discurso para los de abajo, no una norma para los de arriba.

Ahí está la gran estafa del castrismo: al pueblo le vendieron austeridad, resistencia y patria; a la familia Castro le reservaron mansiones, escoltas, carros, viajes, zonas exclusivas y una vida separada del desastre nacional. El cubano de a pie hace colas, cocina cuando puede, duerme con calor, camina por calles oscuras y remienda la vida como puede. La élite, mientras tanto, observa el naufragio desde la orilla cómoda del privilegio.

No es revolución, es monarquía
No se trata de envidia. Se trata de justicia. Nadie cuestionaría la prosperidad nacida del trabajo honrado en un país libre. Lo obsceno es predicar sacrificio mientras se vive del sacrificio ajeno. Lo inmoral es pedirle al pueblo que resista con el refrigerador vacío mientras los herederos del poder disfrutan lo que nunca han permitido disfrutar al ciudadano común.


La llamada Revolución terminó convirtiéndose en una monarquía de uniforme verde olivo. Cambió los títulos nobiliarios por apellidos históricos; cambió los palacios republicanos por residencias custodiadas; cambió la palabra “pueblo” en eslogan, pero jamás en prioridad. El resultado está a la vista: un país en ruinas y una familia instalada sobre esas ruinas.

Por eso estas imágenes duelen tanto. No porque enseñen lujo, sino porque enseñan la distancia brutal entre el discurso y la realidad. Mientras Cuba se apaga, ellos brillan. Mientras Cuba se vacía, ellos permanecen. Mientras Cuba sobrevive, ellos administran el privilegio.

Y al final queda una pregunta sencilla, casi insoportable: ¿cómo puede hablar de justicia social una familia que ha vivido por encima del pueblo durante toda una vida? La respuesta también es sencilla: no puede. Lo que puede hacer, y lo ha hecho muy bien, es convertir la miseria nacional en negocio político y el sacrificio del pueblo en patrimonio familiar.






