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Por Anette Espinosa

Matanzas.- La Guiteras se rompe un día sí y al otro también. ¡Qué sorpresa! Nadie lo «ve» venir. Una termoeléctrica con 38 años arriba, remendada más veces que un almendrón de La Habana Vieja, decidió por quinicienta vez tirarse en la cama del hospital electroenergético nacional.

Pero tranquilos, compatriotas, que ya salieron los expertos con palabras técnicas para anestesiar al pueblo: economizador, línea de atemperamiento, recalentador de alta temperatura y no sé cuántas piezas más que parecen nombres de robots soviéticos sacados de una película mala de los años ’80.

Lo más lindo de toda esta novela es la fe con la que hablan. “En el mejor de los escenarios”, dicen, como si aquello fuera la NASA preparando el lanzamiento a Marte y no una termoeléctrica que lleva media vida explotando y parchándose con soldaduras heroicas. El cubano ya conoce el libreto de memoria: primero anuncian la avería, después las “labores intensivas”, luego las “pruebas de rigor” y finalmente otra rotura inesperada porque apareció una nueva falla en una pieza que, casualmente, también tenía la edad de Matusalén.

Eso sí, dejaron algo clarísimo: la culpa no es de los trabajadores. Jamás. Aquí nunca nadie tiene la culpa de nada. Ni los mantenimientos mal hechos, ni las decisiones absurdas, ni la falta de inversión, ni haber exprimido la misma termoeléctrica durante casi cuatro décadas como si fuera inmortal. La Guiteras se rompe sola, por generación espontánea, como si tuviera sentimientos y dijera cada quince días: “hasta aquí llegué, singa’o”. Y mientras tanto, el pueblo derritiéndose en los apagones y espantando mosquitos con cartones.

También enternece la parte donde explican que la planta consume crudo nacional por oleoducto y ahorra transportación. Tremendo logro. El problema es que ni con petróleo al lado logran mantener aquello encendido más de tres semanas seguidas. La Guiteras ya no parece una central termoeléctrica; parece un paciente en terapia intensiva conectado a ventiladores soviéticos, sobreviviendo gracias a rezos, alambres y dos cubos de soldadura industrial.

Al final viene el remate humorístico involuntario: su entrada al sistema “pudiera representar una leve disminución” de los apagones. Una leve disminución. O sea, gracias por el esfuerzo titánico, compañeros: en vez de 14 horas sin corriente, quizás tengamos 12 y media.

La revolución energética del Caribe. En tanto, ellos seguirán dando partes optimistas, hablando de sincronización y estabilidad, y el cubano seguirá cenando pan con ventilador apagado, mirando al techo y preguntándose qué se romperá primero: la Guiteras… o la paciencia del país.

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