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Por Luis Alberto Ramírez ()

Miami.- Yo fui presidente de American Sunshine Import and Export, en Miami. Durante mi presidencia jamás castigué a un empleado por haber cometido un error. Mi preocupación siempre fue otra: conseguir que ese error no volviera a repetirse.

¿Cómo lo lograba? Convertía el error en una experiencia, en una enseñanza, en algo que no podía volver a suceder.

Siempre tuve una regla muy sencilla: no me pidas que te disculpe; dime cómo podemos solucionarlo. Porque con las disculpas, aceptadas o no, nada queda resuelto. Los problemas se resuelven con soluciones. Dame la solución y el problema queda arreglado.

Recuerdo una anécdota atribuida al presidente John F. Kennedy. En una ocasión, alguien le habría dicho: «Señor presidente, he cometido muchos errores. ¿Cómo pudiera enmendarlos?». Kennedy respondió, según la conocida versión de la anécdota: «No me digas lo malo que hiciste; dime lo bueno que puedes hacer en lo adelante».

Más allá de la exactitud literal de la cita, la idea encierra una enseñanza que considero fundamental: un error puede ser perdonado cuando existe voluntad y capacidad para corregirlo.

La situación cubana

Pero si extrapolamos este principio a la situación cubana, nos encontramos con un problema completamente diferente.

Los errores del régimen cubano no son conceptuales ni circunstanciales. Son sistemáticos. No estamos ante un gobierno que se equivoca ocasionalmente y después corrige. Estamos ante un sistema que, durante décadas, ha convertido sus propios errores en política de Estado y, peor aún, insiste en repetirlos como si la repetición pudiera convertirlos algún día en soluciones.

Por eso, en Cuba ya no basta con encontrar la solución a un problema determinado. El problema fundamental es que quienes tienen la responsabilidad de gobernar han demostrado ser incapaces de encontrar soluciones.

En una empresa, cuando un empleado comete un error, se puede transformar ese error en experiencia. Pero cuando una estructura de gobierno fracasa sistemáticamente y quienes la dirigen insisten en mantener las mismas políticas que provocaron el fracaso, la situación cambia por completo.

En esas circunstancias, lo que corresponde no es seguir esperando que aparezca una solución milagrosa. Corresponde sustituir a quienes han demostrado su incapacidad para gobernar.

Porque nada puede hacerse frente a la incapacidad convertida en método, frente a la mediocridad convertida en virtud y frente a la ignorancia convertida en política.

Seguir cometiendo errores con la esperanza de que algún día esos mismos errores se transformen en soluciones no es una estrategia. Es un absurdo. Y quizá sea el mayor de los absurdos.

Esto me lleva a una pregunta inevitable: ¿cree el secretario de Estado Marco Rubio que sancionar cada vez más al régimen de La Habana y aumentar las restricciones contra la dictadura hará que sus dirigentes finalmente decidan dejar de cometer errores?

Yo no lo creo.

La paradoja

Y aquí aparece la paradoja: la supervivencia del régimen depende, precisamente, de aquello que nosotros llamamos errores.

Parece un trabalenguas, pero no lo es.

Lo que para una sociedad democrática constituye un error económico, político o administrativo, para una dictadura puede formar parte de un mecanismo deliberado de conservación del poder. La escasez, el control, la represión, la centralización y la eliminación de las libertades no son necesariamente accidentes de un sistema que funciona mal; pueden ser instrumentos mediante los cuales ese sistema se mantiene en el poder.

Por eso, después de más de seis décadas, resulta ingenuo pensar que la dirigencia cubana simplemente necesita comprender sus errores para corregirlos. Si así fuera, Cuba habría cambiado hace mucho tiempo.

El problema no es solamente que el régimen se equivoque. El problema es que muchas de esas supuestas equivocaciones forman parte de su propia lógica de supervivencia.

Y aquí llegamos al punto esencial.

Para ser ladrón hay que pensar como ladrón. Para combatir el delito hay que comprender la lógica del delincuente. Y para enfrentar una dictadura hay que comprender cómo funciona una dictadura.

Es de ilusos pensar que una dictadura funciona con los mismos principios que una democracia. No se puede enfrentar una estructura autoritaria suponiendo que responderá necesariamente a los estímulos, las reglas y los valores de una sociedad libre.

De la misma manera que no se puede hablar inglés pensando permanentemente en español, tampoco se puede combatir una dictadura actuando como si se estuviera tratando con una democracia.

La diferencia fundamental está en comprender que, cuando el error deja de ser una equivocación y se convierte en un método, ya no estamos frente a un problema que pueda resolverse corrigiendo errores. Estamos frente a un sistema que debe ser sustituido para evitar que siga viviendo de sus errores.

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