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Por Reynaldo Medina Hernández ()

No lo comparen… Martí

no admite comparación:

[…]

-No, a Martí no lo comparen

que Martí no tiene igual…

Juan Carlos García Guridi,

«De cara al sol»

La Habana.- Estoy hasta los c…ordones de los zapatos de que hablen por mí, de que pongan en mi boca palabras que no dije y que nunca voy a decir. Estoy hasta los c…alcañales de que dirigentes, personalidades, presentadores de TV y medios de comunicación generalicen la actitud y los pronunciamientos de un grupo de compatriotas (no importa cuántos sean, incluso si son decenas de miles) y los presenten como la actitud y el pronunciamiento de todos y cada uno de nosotros, bajo la definición de «los» cubanos o «el» pueblo cubano.

La última «perlita» la puso teleSUR en un cintillo informativo el pasado sábado 23 de mayo. Decía, textualmente: «Los cubanos ratifican que Raúl es Cuba…». Eso no es verdad, en el acto aludido (celebrado un día antes) había miles de cubanos (que lo son, eso no se discute). Ellos eran una representación del pueblo cubano (aunque eso moleste a muchos, dentro y fuera del país, que no entienden esa actitud, es un hecho). Pero no eran «todos» los cubanos, ni mucho menos era «el» pueblo cubano.

Yo no estaba allí, y hasta donde sé, soy cubano, porque no tengo otra ciudadanía, y soy también, por consiguiente, parte del pueblo cubano. Y yo nunca he dicho que Raúl es Cuba; de hecho, estoy de acuerdo en que, como expresaba el cartel adulatorio que presidía el acto, «Raúl es Raúl», pero no es Cuba. Nadie es Cuba. Porque, aunque sus idólatras berreen, pataleen o infarten, Fidel Castro tampoco es Cuba (como han pretendido hacer creer durante décadas); la Revolución no es Cuba; el PCC no es Cuba; el Gobierno que rige los destinos de este país desde 1959 no es Cuba.

Cuba ya existía

Por si no se han enterado, Cuba existió durante siglos antes de que estas personas, instituciones y organizaciones nacieran o fueran creadas. Y, con el favor de Dios, si este planeta no es destruido por una catástrofe natural o por el comportamiento irracional de sus habitantes, Cuba seguirá existiendo muchos siglos después de todo eso con lo cual quieren identificarla hoy.

Entérense de una buena vez: antes de «ellos» miles de cubanos amaron tanto a Cuba que se lo ofrecieron todo, hasta la vida, y no supieron nunca de su existencia. Muchos de los mejores hijos de esta tierra: Varela, Céspedes, Agramonte, Gómez, Maceo y Martí (el más grande entre nosotros, el incomparable) jamás escucharon esos nombres.

Ambos errores (el identificar a Cuba —a veces también invocada como «la Patria»— con la Revolución, su ideología, sus instituciones y sus líderes, y el de generalizar el comportamiento de un número determinado de personas con el de todos los habitantes de este país), son tan antiguos como la propia Revolución. Durante décadas Fidel Castro se paraba en la Plaza y lanzaba una de «sus» ideas, propuestas o proyectos, que de inmediato eran respaldados con aplausos, gritos, consignas y manos levantadas. Daba lo mismo que fuera una condena al «imperialismo» que la renuncia a 1 lb del azúcar de la cuota mensual para donarla al gobierno de Allende (que por cierto, no fue restituida a la libreta de racionamiento después de su derrocamiento; ¿se la seguirían enviando a Pinochet?). Al instante quedaba instrumentalizado lo que se acababa de respaldar por la muchedumbre. Nadie le preguntaba al otro día a los que no estaban allí qué opinaban al respecto.

Martí no tiene comparación

Es un abuso de poder imponer la opinión de un grupo de personas al resto de un país sin consultarlo, porque no importa cuántos eran/son: 20 000, 50 000, 250 000, 400 000, 1 millón, como dijeron una vez, siempre, siempre, siempre, los que no estaban/están, eran/son muchos, muchos, muchos más que los presentes, pero su opinión nunca importó/importa. Nadie tiene derecho a hacer eso, ni mucho menos a divulgarlo al mundo como una verdad absoluta. Eso es mentir, manipular e irrespetar a la opinión pública.

Soy un individuo insignificante, uno más en esta multitud, pero tengo el derecho a una opinión propia, aun cuando no pueda ejercerla con toda la libertad con la que me respalda el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU de 10 de diciembre de 1948. Eso ya de por sí es inaceptable, pero peor es que alguien se arrogue el derecho a usurpar esa opinión, la tergiverse y la proclame de modo fraudulento en mi nombre. Y ya estoy de eso hasta los c…alzoncillos.

Hagan sus marchas, sus tribunas, sus campañas, formen sus griterías y firmen todos los papeles que quieran, pero respeten a Cuba, a sus próceres y a su pueblo. Basta ya de comparaciones inaceptables y de identificaciones forzadas, falsas y ridículas. No comparen más a Martí con nadie. Comparar al Apóstol con cualquier cubano vivo o muerto es un acto antipatriótico, una afrenta a su memoria. Y una aberración peor aún es identificar a Cuba con nadie ni con nada.

Acábenselo de meter en esas cabecitas llenas de… nada: ¡CUBA ES CUBA!

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