La decepción: una historia de la vida real

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Por Luis Alberto Ramírez ()

Miami.- Lo que voy a contar a continuación es algo que, hasta el día de hoy, me confirma que la mejor decisión que he tomado en mi vida fue irme de Cuba.

En 1992 vivía en La Habana Vieja y colaboraba con el Movimiento de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, dirigido por Elizardo Sánchez Santacruz. El 8 de diciembre de ese año, Elizardo me encargó redactar el informe que sería presentado ante la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Lo preparé con los datos que la propia comisión me había enviado.

Ese día salí en mi bicicleta rumbo a Marianao para entregar el informe. Al llegar a la intersección de Aponte y Monte, fui interceptado por la policía política. Me confiscaron el documento, me golpearon hasta dejarme heridas hasta en el cielo de la boca, destruyeron mi bicicleta y me encerraron durante una semana en el calabozo de Zanja y Dragones.

Hasta ahí, nada de aquello me sorprendía. Ya estaba acostumbrado a la represión. Lo que realmente me hirió fue el comportamiento de los testigos de aquel atropello.

Había muchas personas alrededor. Todos vieron lo que estaba ocurriendo. Sin embargo, nadie me defendió, nadie intentó ayudarme, nadie dijo una sola palabra. Todos optaron por ignorar mi situación.

Fue en ese preciso instante cuando comprendí que estaba arriesgándolo todo por personas que, a mi juicio, no valoraban ni merecían aquel sacrificio. Ese fue el momento en que tomé la decisión de abandonar Cuba.

Yo tenía visa estadounidense y conocía al entonces jefe de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba, John H. Flanagan, un hombre que siempre me aconsejó marcharme del país. Durante mucho tiempo no le hice caso porque estaba convencido de que debía luchar desde dentro de Cuba.

Hasta aquel día.

Aquel episodio cambió mi manera de ver las cosas. Sentí una profunda decepción. Llegué a la conclusión de que un pueblo que permanece indiferente ante la injusticia termina condenado a prolongar su propio sufrimiento. Esa experiencia me hizo pensar que la cobardía, la indiferencia y la falta de solidaridad también contribuyen a perpetuar la opresión.

Esa fue la lección más amarga que me dejó aquel día y, al mismo tiempo, la razón definitiva por la que decidí marcharme de Cuba.

Los pueblos deben ser conscientes del sacrificio de aquellos que luchan por su libertad, de no hacerlo, estarán condenados a sufrir las consecuencias de su indolencia.

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