
San José de las Lajas, la muestra de que Cuba murió
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- San José de las Lajas era un municipio más de La Habana, cuando en Cuba había seis provincias y el país respiraba con pulmones propios. No era un pueblo cualquiera: era un hervidero de industria, de trabajo, de futuro. Tenía tres plantas de prefabricados, otra para construir edificios altos, una cantera, una fábrica de gomas, otra de cerámica y muebles sanitarios, varias fundiciones grandes, una fábrica de cables eléctricos y telefónicos, una de vidrio, una de aluminio, una de pastas alimenticias, una planta de asfalto, o dos, una ganadería espléndida y varios centros de investigación adjuntos a una universidad que era orgullo de la región. Era, en resumen, una pequeña potencia industrial enclavada en el corazón de la isla.
Esa, en parte, fue la obra de Gonzalo García Pedroso, el benefactor que convirtió a San José de las Lajas en un lugar que nada tenía que envidiar a cualquier ciudad del mundo. No era un sueño, era una realidad concreta, con fábricas humeantes, camiones cargados de mercancías, obreros yendo y viniendo, escuelas, hospitales, comercios. Era un ejemplo de lo que el esfuerzo colectivo y la visión pueden construir cuando no hay ideologías que lo aplasten. San José de las Lajas no era un experimento, era un hecho.
Pero llegó el castrismo. Y el castrismo no entiende de fábricas, entiende de control. No entiende de producción, entiende de sumisión. No entiende de progreso, entiende de miseria igualitaria. Primero vinieron las estatizaciones, luego las malas administraciones, después los apagones, las carencias, las mentiras. Y poco a poco, las máquinas dejaron de funcionar. Los hornos se apagaron. Los cables dejaron de trenzarse. La leche dejó de fluir. La ganadería espléndida se convirtió en tres empresas pecuarias, y una sola de ellas producía más leche en un día que todas juntas producen ahora en un año. Esa es la matemática del castrismo: restar para que todos queden en cero.
El espejo de Cuba
Hoy, en San José de las Lajas, salvo los centros de investigación, una planta de asfalto casi siempre parada, y la universidad —que trabajan a un cuarto de máquina, con la luz temblorosa y los profesores agotados— no queda nada. Las fábricas son cascarones de hormigón. Las chimeneas ya no echan humo. La cantera es un hueco en la tierra. La fábrica de vidrio tiene los cristales rotos, por decir algo. Y la gente, la misma que antes trabajaba con orgullo, ahora hace colas para un pan que no llega, espera un ómnibus que no pasa, se acuesta con hambre y se despierta con más hambre. No hay futuro, no hay esperanza, no hay alternativa. Solo el ruido de una generación que mira al pasado y no sabe cómo explicar a sus hijos que aquello existió.
Los dirigentes de ahora, los que se sientan en los despachos del gobierno municipal, no tienen la estatura de Gonzalo García Pedroso. Son pequeños burócratas, corruptos y mediocres, que se llenan la boca con palabras como «revolución» mientras el pueblo se deshace. No construyen fábricas, construyen discursos. No producen alimentos, producen mentiras. No solucionan problemas, los multiplican. Y San José de las Lajas, que era una ciudad pujante, se ha convertido en un pueblo mísero, con calles rotas, viviendas derrumbadas y una hambruna que no es natural, sino inducida.
San José de las Lajas es la muestra de que Cuba murió. No murió de un golpe, murió de a poco, fábrica por fábrica, empleo por empleo, esperanza por esperanza. Murió cuando los que mandaban decidieron que era mejor tener un pueblo pobre que un pueblo libre. Murió cuando la ideología se comió la razón, cuando la mentira se volvió la única moneda de cambio. Y hoy, los restos de aquel pueblo próspero yacen en el polvo, como un cementerio industrial que nadie quiere visitar. Porque mirarlo sería admitir que el castrismo no construye, destruye. Y que San José de las Lajas no es una excepción, es el espejo de toda Cuba.






