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Por Jorge Menéndez ()

Cabrils.- Hoy amanecí con la memoria en llamas. Recordé mi niñez, esa que el régimen insiste en borrar como si nunca hubiera existido.

Abría la puerta por la mañana y allí estaban los dos litros de leche, sagrados. Llegaba el camión del agua con sus botellones gigantes, instalados con una dignidad que hoy parece un mito. Había yogures con alambritos, compotas de sabores, jugo Taoro que era mango puro, sin cuentos ni consignas.

Los sábados eran para La Matiné en 23 y 12, para los bombones de chocolate que parecían caídos del cielo.

Había guaguas para todo el país. Había panqués legendarios en la carretera a Santa Clara. Había una niñez sin lujos, pero con dignidad. Y todo eso, absolutamente todo, lo fueron desapareciendo.

¿El culpable? El bloqueo, dicen.

El bloqueo debe haber sido un mago, porque también se llevó los discos de queso, las croquetas pegacielos, los helados de barquillo. Qué curioso: el bloqueo destruye lo que producíamos, pero no impide que hoy lo vendan en USD.

La verdad es simple: el socialismo cubano arrasó con un país entero. No destruyó lujos: destruyó lo básico, lo cotidiano, lo que sostiene la vida. Y después de 67 años, nos venden nuestra propia miseria en divisas.

Y eso es solo lo material.

Los ancianos que un día marcharon por la Revolución hoy rebuscan comida en los basureros. Ese es el socialismo real: el de las promesas que nunca llegan, el del hambre, el de la humillación.

La tiranía pulverizó a un pueblo trabajador que en 1959 pidió justicia, no comunismo.

Nos quitaron todo: vivienda, agua, luz, gas, comida, medicinas. Nos convirtieron en una sombra de lo que fuimos. Nos borraron como sociedad.

Y aun así hay economistas diseñando «economía social», como si el Estado no hubiera demostrado ya que todo lo que toca lo pudre. Aun así hay quien teme una intervención porque «Cuba perdería su independencia». ¿Independencia de qué? Hace 67 años que somos rehenes.

Hoy condenan a un hombre a 12 años por intentar robar un caballo. Si matas a una persona, cinco años bastan. Ese es el orden moral del régimen: un caballo vale más que un cubano.

Nos prohibieron entrar a los hoteles que construimos. Nos prohibieron las playas que eran nuestras. Nos abrieron tiendas en USD para ordeñar las remesas. Jamás nos dejaron participar en el desarrollo económico: su apuesta siempre fueron los dólares de los extranjeros.

Y ahora, al final de esta historia, ya ni exámenes hay para pasar de grado. Estamos fabricando ignorancia en masa.

Los hospitales son ruinas. No hay insumos, no hay medicinas, no hay nada. ¿De verdad alguien puede seguir diciendo que la culpa es del bloqueo?

Nuestra historia es la del desarraigo, la de la familia rota, la de la prohibición constante, la de la desdicha administrada desde el poder. Una historia que arde porque aún no ha sido contada como merece.

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