
La muerte más limpia de Roma
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Hay formas gloriosas de pasar a la historia: matar un dragón, conquistar un imperio, descubrir la penicilina. Y luego está este pobre desgraciado, cuyo nombre ni siquiera conocemos, pero que se ganó un lugar en los anales de la Antigüedad utilizando «la escobilla del váter». No era un héroe ni un rey. Era un gladiador germano, capturado por Roma, esperando su turno para salir a la arena y morir despacio mientras 50.000 romanos se comían unas narices de nutria.
El hombre sabía que la muerte era inevitable. Pero no quería regalarle el espectáculo a esa multitud sedienta de sangre. Así que pidió ir al baño. Las letrinas romanas eran un lugar tan sórdido como la arena, pero al menos allí no había público. Y fue allí donde encontró el utensilio perfecto: un tersorium, un palo con una esponja en la punta. Nadie sabe a ciencia cierta para qué servía. Algunos dicen que era el papel higiénico de la época. Otros, que era una herramienta para limpiar las letrinas. Vamos, que ni siquiera sabemos si era de uso personal o de limpieza pública.
Pero sí sabemos lo que hizo con él. Según cuenta Séneca en sus Cartas a Lucilio, el gladiador tomó el palo, se lo introdujo por la garganta y se provocó la muerte. La escena es tan absurda como desgarradora: un hombre forzado a luchar, que elige el objeto más miserable y humillante que encuentra a mano para arrebatarle a Roma lo único que aún podía decidir: el momento de su muerte. No buscó una muerte heroica. Buscó una muerte libre.
Una industria de muerte con humanos
Y esa es la lección que Séneca quería dejar clara. Para el filósofo estoico, mientras una persona conserve la capacidad de elegir, ni el tirano más poderoso tiene un control absoluto sobre ella. Si un esclavo encadenado podía decidir cómo morir, ¿qué excusa tenía un hombre libre para no ejercer su libertad cada día? La historia del gladiador no es un manual de suicidio, es un recordatorio de que la dignidad no se negocia.
Porque detrás del brillo de los anfiteatros y los músculos perfectamente depilados de las películas, había una industria del espectáculo alimentada con seres humanos. La mayoría de los gladiadores no eran héroes voluntarios, eran esclavos, prisioneros o condenados cuya muerte servía para llenar una tarde de ocio. Y uno de ellos, en lugar de regalarle su agonía a 50.000 espectadores, decidió que prefería morir en el retrete. Quizá no fue una muerte gloriosa. Pero fue, sin duda, la más limpia de Roma.






