
El día que el tiempo entró en la habitación
Por Rafa Junco ()
Madrid.- El 10 de octubre de 2013, en una obra de construcción de Xiangcheng, provincia china de Henan, unos operarios encontraron tres ataúdes a dos metros de profundidad. Dos de ellos contenían lo que el tiempo había dejado: huesos, polvo, silencio. El tercero, en cambio, guardaba un secreto mucho más inquietante.
Dentro descansaba un hombre de la dinastía Qing con el rostro intacto. Su piel, su ropa, su expresión parecían detenidas en el siglo XVII, como si hubiera sido enterrado la semana anterior. Los arqueólogos no podían creerlo. No estaban ante un esqueleto, sino ante una persona que se negaba a desaparecer.
Pero el milagro duró lo que tardaron en abrir la tapa. En cuestión de horas, el rostro se oscureció, la piel se arrugó y un olor fétido invadió la estancia. El cadáver envejeció tres siglos en un suspiro. La cápsula perfecta que lo había protegido durante años se había roto, y el oxígeno, la humedad y los microorganismos hicieron su trabajo con la prisa de quien ha llegado tarde.
El equilibrio se rompió al abrir la tapa
Los expertos hablaron de laca, de carbón vegetal, de un sellado casi hermético que había frenado la descomposición durante trescientos años. Pero nadie encontró una fórmula mágica de embalsamamiento. Solo un equilibrio frágil, un ambiente cerrado, una suerte de burbuja que el mundo exterior reventó al levantar la tapa.
Los otros dos ataúdes, enterrados a su lado, se habían convertido en polvo. El hombre de Henan, sin embargo, había engañado al tiempo durante siglos. Hasta que llegaron los arqueólogos. No despertaron a una momia. Solo abrieron la puerta, y el tiempo, que había estado haciendo cola durante trescientos años, entró por fin en la habitación.






