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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Hay dos clases de defensores del castrismo en el mundo. Los que creen desde la distancia, con la indigestión de ideología que les impide ver la miseria, y los que viven dentro, con la panza llena y la conciencia vacía, sosteniendo un régimen que mata de hambre a su propio pueblo. Los primeros son ilusos; los segundos, cómplices. Y los cómplices, en esta historia, son siempre más repugnantes que los verdugos.

Los que defienden a Díaz-Canel y a los Castro desde Madrid, desde Buenos Aires o desde cualquier cafetín universitario de Europa, lo hacen con la fe del converso. Creen que el «Cangrejo» tiene razón cuando habla de prosperidad. Creen que Bruno Rodríguez dice la verdad cuando asegura que el bloqueo es la única causa de la ruina. Y hasta que Raúl Castro es un sabio estadista. Son, en el mejor de los casos, ignorantes voluntarios. En el peor, cómplices de una mentira que ha costado millones de vidas.

Pero los peores no están fuera. Están dentro. Son los que tienen prebendas: el diplomático que viaja a Roma con su familia mientras sus vecinos no comen; el militar que vive en una urbanización cerrada mientras el cubano común vive en un edificio sin agua; el gerente de un hotel que sigue defendiendo al sistema mientras los turistas dejan propinas y los camareros no llegan a fin de mes. Son los que tienen mipymes enchufadas al poder, los periodistas de Prensa Latina que venden su alma a cambio de una corresponsalía en Madrid o Roma, los «perros del poder» que se arrodillan ante el que manda para no perder el hueso.

Los siervos de la ignominia

Ellos saben lo que pasa. Saben que el anciano de 80 años lleva tres días sin comer. Saben que el niño de 5 años nunca ha probado una mandarina, un dátil o un chocolate. Saben que el enfermo de cáncer no tiene morfina, que el asmático no tiene inhalador, que el diabético no tiene insulina. Que hay familias enteras que viven con una lámpara de aceite -a veces sin aceite- porque el apagón dura 16 horas. Saben todo eso y, sin embargo, cada mañana se levantan, se ponen su camisa limpia y van a defender al régimen. Son peores que los dirigentes. Son los siervos de la ignominia.

Porque los Castro, al menos, tienen la coherencia de su cinismo. Ellos nunca han fingido que les importa el pueblo. O sí, muchas veces. Pero estos otros, los que se llenan la boca con la palabra «revolución» mientras disfrutan de privilegios que el 99% de los cubanos jamás verá, son la verdadera cara de la podredumbre. Son los que convierten la miseria en un negocio, el hambre en una estadística y la muerte en un número más. Son los que permiten que el régimen siga en pie, porque su comodidad depende de que nadie mueva un dedo.

No hay excusa. Ni la ideología, ni el miedo, ni la costumbre. Defender al castrismo desde dentro, sabiendo lo que pasa, es un acto de cobardía y de complicidad. Es preferir el privilegio propio a la dignidad ajena. Es mirar al vecino que muere de hambre y decirle: «No es mi problema». Pero sí es su problema. Porque cuando la historia pase factura, los cómplices no serán olvidados. Y su nombre quedará junto al de los verdugos, como una mancha que ninguna propaganda podrá limpiar. Salvo los Castro y su cohorte más cercana, nadie debería respaldar al régimen criminal de Cuba. Quien lo haga, está eligiendo ser parte del crimen.

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