El hombre americano: una sumatoria de estilos en el sello personal de una exiliada cubana

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Por Carlos Carballido

Dallas.- La madurez en el arte no se mide por los años, sino por la capacidad de sintetizar las fracturas de la vida en una superficie bidimensional.

En «El Hombre Americano» (óleo sobre papel, 18 x 24 pulgadas), la artista cubana Zamary F. Barcena demuestra que el paisaje exterior es, en realidad, un estado de la mente.

Afincada hoy en la inmensidad horizontal de Frisco, Texas, tras un paso definitorio por New Jersey, la pintora nos entrega una obra que funciona como radiografía psicológica y crónica del desarraigo.

Del legado del ojo hasta el encuadre del lienzo

Ser hija de Roberto Fernández, uno de los directores de fotografía del ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos) no es un mero dato biográfico; es un destino visual.

Zamary creció respirando el cine cubano clásico, aquel donde la luz y el encuadre debían narrar lo que la censura o la escasez callaban.

En esta obra, esa herencia se hace evidente: hay una profunda comprensión del plano y de la composición dramática. La artista no pinta un rostro; encuadra un territorio sagrado.

Las texturas rústicas de óleo y pastel graso que enmarcan la silueta —en tonos ocre, café y verde telúrico— remiten de inmediato a la calidez y al caos de la tierra. Pero es en el interior de esa silueta donde la herencia cinematográfica se transmuta en una delicadeza técnica que roza la acuarela, permitiendo que el papel respire bajo veladuras transparentes.

La cartografía de la «soledad personal»

Instalada en Texas, dedicada a lo que puede definirse como su «soledad existencial» —ese estado de repliegue creativo donde la artista observa el mundo sin dejarse contaminar por el ruido—, Zamary disecciona la identidad de su país de acogida. El punto focal de la obra es perturbador y brillante: el ojo izquierdo del personaje es el mapa político de los Estados Unidos continentales, fragmentado en bloques cromáticos.

«El individuo no habita el territorio; es el territorio el que habita en el individuo.» Para una exiliada cubana, el mapa de EE. UU. no es una abstracción geográfica; es un destino, una frontera y un rompecabezas de identidades. Mientras que un ojo retiene la estructura geopolítica del imperio del norte, las facciones restantes del rostro se desmoronan en estratos geológicos, desiertos e islas flotantes (con sutiles guiños a Alaska o Hawái). El rostro es una calavera, pero también una topografía; es el hombre hecho de la tierra que pisa y de las fronteras que lo definen.

Un sincretismo de referencias

«El Hombre Americano» es una deliciosa sumatoria de estilos que dialogan con la historia del arte universal:El juego conceptual de la silueta-ventana evoca inevitablemente el surrealismo de René Magritte.

La disección del mapa como fetiche pictórico tiende un puente con el expresionismo pop de Jasper Johns.La división casi geométrica de las facciones del rostro recuerda al constructivismo universal de Joaquín Torres-García.

Sin embargo, el trazo negro y fluido que contiene los colores en parcelas orgánicas delata su ADN caribeño, ese barroquismo contenido que heredó de la vanguardia cubana de creadores como René Portocarrero o Amelia Peláez.

Conclusión

Zamary no cae en el panfleto político fácil ni en la nostalgia lacrimógena del exilio. Su propuesta es más elevada y silenciosa. En su «soledad pública» de Frisco, ha logrado fundir la herencia del lente cinematográfico de su padre con las corrientes pictóricas que han marcado su tránsito por este continente. «El Hombre Americano» es, en última instancia, el testimonio visual de una creadora que sabe que, cuando se pierde la patria, el único territorio seguro que queda es el arte.

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