El peso de la bahía: crónica de un regreso al Mariel

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Por Joel Fonte ()

La Habana.- Para que ningún cubano tenga que irse nunca más, primero hay que poner fin a la dictadura. Lo dijo un viejo pescador desde su balcón en el Reparto La Boca, a unos metros de la bahía del Mariel, y lo repite hoy quien por fin entendió que la ‘revolución’ de Castro devino, desde sus inicios, en una cruel tiranía.

Son pocos los que vieron siempre con claridad —nacidos, criados y vividos bajo el bombardeo constante de la propaganda castrista, bajo su adoctrinamiento persistente— que aquel proyecto era una trampa. Quien esto escribe no tuvo ese privilegio. No fue un iluminado.

Nació en un pequeño pueblo rural, rodeado de las carencias que el discurso oficial disfraza de «sacrificios revolucionarios». En su familia no había luces intelectuales ni inquietudes políticas. La estrechez física y moral de aquella vida limitó también su percepción de la realidad. Hasta que un día, un viejo pescador que salía a ver las luces del amanecer desde su cuarto piso le soltó la frase que años después entendería: «Quien no haya sido comunista a los 20 años no tiene corazón; quien lo siga siendo después de los 20 no tiene cabeza». El anciano decía haber visto, desde su pequeño barco, las luces de Key West. Y haber llorado de vergüenza.

Ese pescador hablaba de los años de niñez y adolescencia, aquellos de la vida rural, que hacen más vulnerables a la historia romántica con que el castrismo edulcora el veneno de su influencia ideológica. El autor de esta crónica no tuvo «cabeza» hasta un poco más allá de los 20. Pero cuando un hombre descubre su verdad —son palabras de Oswaldo Payá Sardiñas— llega a una liberación que lo renueva, que lo hace renacer. Por eso, cuando hace solo unas semanas regresó casi por azar al Mariel, con una lucidez política mucho más aguda que la de hace diez años, el peso de la historia lo hundió en una profunda inquietud.

La nación secuestrada

Porque Cuba sigue secuestrada por un grupo de hombres que sienten un profundo desprecio por la vida humana. Hombres que ven la isla como un feudo, un pedazo de tierra del cual son dueños, con todo lo que en ella habita. Ellos son los mismos que, tras la irrupción de más de 10 mil cubanos en la embajada de Perú en abril de 1980 —agotados por una vida miserable, buscando una vía de escape tras 20 años de represión—, retiraron la custodia de la bahía del Mariel para que entraran cientos de barcos. En solo unos meses huyeron 125 mil cubanos. No lo hicieron para reconocer derechos migratorios, sino para arrojarlos del país como quien tira la basura al mar. «Que se vayan, no los necesitamos», gritó Castro desde una tribuna.

Y ese recuerdo —la evocación de aquellos sucesos, la memoria del más de un millón de cubanos que tras la Covid han huido también, el recuerdo de Camarioca, del Maleconazo del 5 de agosto de 1994— todo eso vino a la mente mirando la bahía desde el pequeño parque del poblado.

Y entonces llegó la pregunta: ¿cuánto más tiene que pasar aún? ¿Cuántas muertes, éxodos, caos social, drama humano tendremos que sufrir para que este régimen criminal termine y vivamos en ese país que millones de cubanos anhelan? La respuesta, una vez más, se ratificó: depende de nosotros.

No más dictadura en Cuba. No más temor. Basta de tolerar injusticias.

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