El vientre del exilio

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Australia no nació de un sueño. Nació de una sobra. El imperio más pulcro del mundo miró el mapa, señaló la herida más remota del planeta y dijo: ahí. Ahí van los que estorban. Once barcos. Ochocientos presos. Cero ceremonias.

Londres hervía. En sus calles vivían los que no debían verse: niños que robaban para masticar, mujeres que vendían su cuerpo para que otro cuerpo no les golpeara, ancianos comiendo mendrugos. Doscientos delitos tenían horca. Robar un pañuelo, también. Pero las colonias americanas ya no aceptaban basura inglesa. Así que el imperio giró la brújula hacia el sur.

La Primera Flota llegó a un pedazo de mundo que no quería recibirla. Solo moscas, calor venenoso, enfermedades que no tenían nombre y una tierra que se negaba a dar frutos. Los colonos no sabían sembrar. El ganado caía como moscas. Y los aborígenes miraban con un dolor que los ingleses jamás aprenderían a leer. Entonces Londres dijo: lo que falta aquí son mujeres.

Mujeres, en lugar de herramientas

El 29 de julio de 1789 partió el Lady Juliana. Cargado de faldas, de condenas pequeñas, de cuerpos que el imperio ya no quería cerca de su mirada. Allí viajaba Elizabeth Barnsley, ladrona, estafadora, mujer que supo hacer de la necesidad un oficio. Montó un burdel flotante. Los marineros pagaban. Los guardias también. En Canarias, en Río, en Ciudad del Cabo, el negocio crecía. Pero abajo, en la bodega, dormían doscientas mujeres condenadas por hurtar un vestido, por robar pan. El viaje duró once meses.

Cuando el barco llegó a Australia, los colonos esperaban herramientas. Esperaban alimentos. En su lugar, bajaron 222 mujeres. Uno de ellos escribió: «carga innecesaria y poco rentable». No sabía que esas mujeres, tres semanas después, recibirían la Segunda Flota con suministros. Y que, con el tiempo, barrerían, sembrarían, parirían. Y que una de ellas, Mary Wade, condenada a los once años por robar un vestido, tendría más de trescientos descendientes vivos antes de morir. Entre ellos, un primer ministro.

Por eso no digas que Australia nació de un burdel. Di que nació de un error del imperio. Di que nació de mujeres que no tuvieron otra forma de sobrevivir que venderse, robarse o callarse. La historia no le gusta lo que no cabe en una frase fácil. Pero la verdad es incómoda: aquellos barcos no llevaban solo prostitutas. Llevaban a las madres Fundadoras. Llevaban hambre. Llevaban el origen.

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