
Con Filo, el espejo donde el castrismo se mira y se retrata
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Cuando Amelia Calzadilla anunció desde España la creación de una nueva plataforma política, no hizo otra cosa que ejercer un derecho elemental: el de que quien vive en libertad puede, si lo desea, entrar en política. Puede acertar o puede equivocarse, puede tener un buen proyecto o uno malo, puede sumar o dividir. Pero lo que no se le puede negar es la legitimidad del acto.
Sin embargo, para los conductores del programa Con Filo —Michel Torres Corona y Gabriela Fernández Álvarez— ese simple gesto resultó tan insoportable como un espejo donde se refleja su propia miseria. Porque ellos, que viven del micrófono que les presta el régimen, no conciben que alguien pueda disentir sin pedir permiso. Y eso, amigos, es el síntoma más claro de una enfermedad llamada castrismo.
No se trata de defender a Amelia Calzadilla. Que quede claro: uno puede estar de acuerdo o no con su iniciativa, con sus formas, con sus tiempos o con sus alianzas. Pero lo que hicieron Torres Corona y Fernández Álvarez no fue crítica política: fue linchamiento.
Salieron con la saña burlona de quien ha aprendido en la escuela del odio, esa escuela que fundó Fidel Castro cuando llamó «gusanos» a los que se iban, «traidores» a los que pensaban distinto y «vendepatrias» a los que soñaban con un país sin fusiles ni colas de leche. La misma escuela que humilló a Hubert Matos, encarceló a Ricardo Bofill, persiguió a Elizardo Sánchez y condenó al silencio a Oswaldo Payá. El método no ha cambiado: denigrar al que se opone, ridiculizarlo, convertirlo en enemigo.
Las herida de sangre y silencio
Y qué penoso resulta ver a Michel Torres Corona, con esa pose de inquisidor moderno, y a Gabriela Fernández Álvarez, con esa voz que intenta ser dulce mientras escupe veneno. Son dos personajes repulsivos, feos por dentro y por fuera, de esos que uno no querría tener cerca ni en una tertulia ni en una emergencia.
Ellos representan lo más bajo del periodismo cubano: el que no investiga, no denuncia, no cuestiona al poder. Solo obedece. Solo insulta a quien el poder señala. Son la versión siglo XXI de los comités de defensa de la revolución, pero con cámara y conexión a internet. Lo único que han hecho es demostrar que el castrismo sigue vivo en sus voceros, aunque estos intenten disfrazarse de periodismo independiente.
Porque esto no es nuevo. El régimen castrista siempre ha actuado así: primero denigra, luego duda, después difama, todo para forzar el olvido forzado.
Así destruyeron a quienes quisieron construir desde adentro. Así silenciaron a quienes osaron pedir elecciones libres. Así desaparecieron a quienes levantaron la voz sin pedir permiso. Y ahora, desde la comodidad de un estudio en La Habana, Torres y Fernández repiten el libreto: ridiculizar a quien se atreve a anunciar un proyecto político desde el exilio, como si el exilio fuera un delito y no una consecuencia del horror que ellos mismos defienden. Pero el exilio, señores de Con Filo, no es una traición: es una herida abierta que ustedes mismos cosieron con sangre y silencio.
Cualquiera que lo intente, tiene mi apoyo
Que quede claro: no apoyo a Amelia Calzadilla porque no la conozco, ni sé si su proyecto será viable o nacerá muerto. Pero apoyo su derecho a intentarlo. Apoyo a cualquiera que tenga un proyecto, bueno o malo, para sacar a Cuba de la dictadura y la pobreza.
Apoyo a cualquiera que no sea un Castro. Porque la familia Castro ha gobernado Cuba durante sesenta años con puño de hierro, y ha dejado el país en ruinas, la gente en la miseria y la dignidad por los suelos. Ya es hora de extirpar ese apellido de la dirección de Cuba. Me da igual quién venga después, mientras no se llame Castro. Ese es el único requisito.
Así que, Michel Torres Corona y Gabriela Fernández Álvarez, pueden seguir ladrando desde su tribuna oficialista. Pueden seguir llamando traidores a los que se fueron y locos a los que sueñan con un país mejor. Pueden seguir disfrazando de periodismo lo que no es más que propaganda rancia. Pero sepan una cosa: la verdad no necesita gritar.
La verdad se abre paso sola, como se abrió paso Amelia al anunciar su plataforma desde España, en libertad, sin pedirle permiso a nadie. Ustedes, en cambio, siguen pidiendo permiso cada mañana. Y eso, con perdón, es lo más patético de todo. Porque un perro puede ladrar, pero un hombre libre no necesita cadena. Y ustedes, señores, llevan la cadena bien puesta.
Que se la quite quien pueda. Yo, mientras tanto, seguiré apoyando a cualquiera que quiera romperla. Aunque se equivoque. Aunque caiga. Aunque no llegue. Porque el intento, ya lo dijo alguien, es la primera forma de la dignidad.






