
Mea, soldado, mea: la orina que salvó vidas en la Gran Guerra
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Decía Einstein eso de que en los momentos de crisis, la imaginación es más importante que el conocimiento. Y la Primera Guerra Mundial fue una crisis tan bestia que hasta la orina tuvo su minuto de gloria. Porque cuando la tecnología se queda corta y el enemigo te echa encima una nube de gas cloro, no hay manual que valga. Ahí solo queda el ingenio, la desesperación y, en este caso concreto, la vejiga bien llena.
La ametralladora Vickers era una maravilla británica: capaz de escupir plomo sin descanso, pero con un problema de los gordos. El cañón necesitaba agua para refrigerarse. Cuatro litros que, en pleno combate, empezaban a hervir y se evaporaban en un suspiro. Sin agua, el cañón se dilataba y la máquina quedaba inservible.
¿La solución de los seis tíos que manejaban el artefacto? El depósito secundario, ese que llevan todos incorporado de serie. Órdenes no escritas, pero ejecutadas: mear directamente en la camisa de refrigeración. Los veteranos decían que después de horas de fuego, el olor que despedía la Vickers no era a pólvora, sino a algo mucho más personal, y desde luego, más cálido.
Orina contra los gases
Pero el pis no solo enfriaba cañones. También salvaba pulmones. En los primeros ataques con gas cloro, no había máscaras, no había tiempo, solo pánico. Y entonces los oficiales, que aún recordaban algo de química básica, daban una orden que parecía un chiste de mal gusto: «¡Orinad en el pañuelo y tapad la cara!». El amoníaco de la orina neutralizaba el cloro. Así de simple. Miles de hombres sobrevivieron metiéndose en la nariz el olor de su propio meado. La guerra es así de bonita cuando la cuentan los que estuvieron allí.
Otra historia era el gas mostaza. Ese sí que no tenía compasión ni con la orina más esforzada. El cloro se veía venir, era una nube verde chillona que daba tiempo a reaccionar. El mostaza, en cambio, llegaba callado, sin avisar, y se pegaba a la ropa y al barro como un rencor con patas. Cuando empezaban a arderte los ojos y a llenarse la piel de ampollas, ya estabas sentenciado. Para ese no había pañuelo meado que valiera.
Así que ya sabes. La próxima vez que te quejes de tener que ir al baño en mitad de la noche, piensa en aquellos pobres desgraciados en las trincheras. Ellos no perdían ni una gota. Porque cuando el manual de guerra se queda corto y el enemigo te echa encima una nube de muerte, el instinto de conservación se escribe con lo único que tienes siempre a mano. Y no, no era el valor. Era la vejiga.






