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Por Sergio Barbán Cardero ()

Miami.- El regreso de Donald Trump a bordo del Air Force One, tras su cumbre en Pekín con Xi Jinping, ha dejado una estela de declaraciones que la prensa internacional se apresura a descifrar. Sin embargo, para quienes observamos la geopolítica desde la perspectiva del Caribe, especialmente Cuba, el verdadero mensaje no se encuentra en lo que el mandatario norteamericano dijo en voz alta, sino en la lectura subliminal de sus silencios y evasivas.

Existe un paralelismo histórico e inevitable entre las islas que funcionan como fronteras ideológicas; cuando el tablero se mueve en el Estrecho de Formosa, el impacto puede sentirse de inmediato en el Estrecho de la Florida. Así funcionó con la URSS en el pasado, y con China y Rusia en el presente.

Al ser interrogado por los reporteros sobre si Estados Unidos intervendría militarmente para defender a Taiwán, la respuesta de Trump fue un seco y deliberado: “Yo de eso no hablo”.

Minutos antes, había revelado que, ante los reclamos directos del propio Xi Jinping contra la autonomía de la isla, optó por escuchar y callar. Para sazonar la incertidumbre, dejó en el aire la entrega del multimillonario paquete de asistencia militar de 14,000 millones de dólares para Taipéi, afirmando que tomará una decisión “en un periodo de tiempo bastante corto”.

El fatalismo geográfico

Debajo de esta aparente falta de definición no hay improvisación, sino la cruda aplicación de una diplomacia puramente transaccional. Al debilitar el compromiso incondicional con Taiwán, la Casa Blanca envía una señal implícita a Pekín: “todo tiene un precio en la mesa de negociaciones, incluso las áreas de influencia regional”

Trump suele recordar con pragmatismo empresarial que Taiwán se encuentra a más de 9,500 millas de distancia de Washington, mientras que está a 81 millas de la costa de China continental. Es la lógica de la cercanía geográfica utilizada como argumento de repliegue estratégico.

Es precisamente ahí donde se revela la segunda lectura, la que impacta de lleno el destino actual de Cuba. Mientras el mandatario norteamericano flaquea con la isla asiática amparado en la lejanía, aplica una receta de control absoluto en su propio patio delantero. Apenas unas semanas antes, al abordar la situación de la crisis energética cubana y el cerco a los tanqueros petroleros, las palabras de Trump en el mismo avión presidencial denotaban una seguridad implacable: “Ellos probablemente vendrán a nosotros y van a querer hacer un trato… se van a enterar bastante pronto”.

La Habana y el paralelismo geopolítico

El paralelismo geopolítico se vuelve entonces cristalino y peligroso para el régimen de La Habana. Al validar de forma subliminal la idea de que las superpotencias tienen derecho a decidir sobre los territorios de su entorno inmediato, Washington busca un intercambio de manos libres.

Si Pekín exige que Estados Unidos modere su presencia en Taiwán a cambio de jugosos contratos comerciales o concesiones en otros frentes, la contraprestación lógica es que China retire cualquier vestigio de escudo político o económico sobre el Caribe.

La conclusión que se extrae de este viaje a Pekín es que la ambigüedad estratégica con Taiwán busca concentrar la fuerza en el entorno cercano. Sin el contrapeso de un aliado global dispuesto a arriesgarse por ella, y bajo un bloqueo energético sin precedentes, el régimen queda expuesto a la intemperie de las decisiones ejecutivas de la Casa Blanca.

En el frío ajedrez de las distancias, la isla caribeña se encuentra a tan solo 90 millas de la Florida; una cercanía que, bajo las reglas transaccionales del presente, no se traduce en protección, sino en la urgencia de Washington por forzar un desenlace bajo sus propios términos.

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