
Hernán Cortés, dos Martines, un padre y un lío monumental
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Hernán Cortés hizo cosas bien y cosas mal, como todo hijo de vecino. Pero hay una que no supo gestionar: ponerles nombres distintos a sus hijos. Al primero lo llamó Martín. Al segundo también. Con ese derroche de originalidad comenzó una historia que acabaría en torturas, traición, exilios y el primer intento serio de independencia en el continente americano. Porque los dos Martines, medio hermanos, nacieron de mundos opuestos, y sus destinos se cruzaron como dos trenes a punto de estrellarse.
El primer Martín, «el Mestizo», nació hacia 1522. Su madre era Malintzin, la Malinche, la intérprete sin la cual la conquista de México habría sido un desastre. Cortés la usó, la embarazó, y cuando el niño tenía dos años lo apartó de ella. A los seis ya iba de camino a España, criado como paje de la emperatriz Isabel y del futuro Felipe II. Un mestizo, hijo de una esclava indígena, educado codo a codo con el heredero al trono. La historia, a veces, tiene una ironía muy mala leche.
El segundo Martín, «el Legítimo», nació en 1533 de la esposa española de Cortés. Heredó el Marquesado del Valle de Oaxaca, tierras, rentas y privilegios. Criado entre consejeros y nobles, era el típico que lo ha tenido todo tan fácil que no entiende por qué el mundo no le pertenece. Cuando la corona española aprobó las Leyes Nuevas para proteger a los indígenas y limitar a los descendientes de los conquistadores, a este Martín le cayó un jarro de agua fría. Y cuando desembarcó en lo que después fue México en 1563, los criollos lo recibieron como a un líder. Demasiado halago para un tipo arrogante.
Los nombres y la sangre
El problema se fue de madre. El Ayuntamiento del virreinato lo propuso como capitán general y alguien insinuó nada menos que la independencia. El plan era cristalino: coronar a Martín Cortés como rey de Nueva España, rodearlo de nobles indígenas y montar una monarquía hereditaria. El primer intento serio de independencia, trescientos años antes de que nadie lo llamara así. Y en medio de aquel follón, el mestizo, que siempre había sido leal a la Corona, se vio arrastrado por las ambiciones de su hermano.
Acabaron los dos en la cárcel. Al mestizo lo torturaron para que delatara a su hermano, pero no soltó prenda. «He dicho la verdad y no tengo más que decir», repitió hasta que los huesos crujieron.
El legítimo salió del apuro con sus propiedades devueltas y murió en Madrid.
El mestizo fue condenado al exilio perpetuo, arruinado, y acabó sus días combatiendo como capitán en las guerras de España.
Dos hombres con el mismo nombre, el mismo padre, y destinos que no podían ser más distintos. Uno, cómodo en la corte. El otro, muerto peleando por un reino que nunca lo aceptó del todo. La historia, amigos, a veces es muy hija de puta. Y los nombres, mal puestos, pueden ser una condena.






