El primer graffitero de la historia era indio y se llamaba Cikai Korran

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Uno tiende a pensar que el spray, el muro y la firma ilegal son cosa de modernos, de chavales con capucha y actitud callejera. Pues no. Hace casi dos mil años, un indio llamado Cikai Korran ya hacía de las suyas en el Valle de los Reyes, ese lugar sagrado de Egipto donde los faraones descansaban en paz desde hacía un milenio.

Y este señor, que no era ni egipcio ni turista despistado, llegó, vio las tumbas… y las firmó. Ocho veces en cinco tumbas distintas. En escritura brahmi. Sin apenas poesía ni rezo. Solo un nombre, una firma, un «yo estuve aquí» gritado desde la piedra. El primer graffitero de la historia no era un gamberro neoyorquino. Era un mercader indio con mucho tiempo libre y pocas vergüenzas.

Pero ojo, que lo fascinante no es solo el gesto, que resulta familiar hasta el bochorno. Es el viaje que lo precedió. Porque Cikai Korran no llegó a Egipto en una excursión de fin de curso. Cruzó el océano Índico aprovechando los vientos monzónicos, desembarcó en algún puerto del Mar Rojo, atravesó el desierto a pie o en camello hasta el Nilo, y desde allí remontó hasta Tebas.

Todo ello en una época donde no había GPS, ni guías Lonely Planet, ni seguro de viaje. Era una ruta antigua, sí, pero también peligrosa, larga y polvorienta. Pero los romanos necesitaban pimienta y seda, y los indios necesitaban monedas romanas. Así que aquellos mercaderes se lanzaban al mar con la misma naturalidad con la que hoy cogemos un avión low cost.

Los primeros turistas

Y una vez cerrado el negocio, cobradas las facturas y llenos los bolsillos de denarios, muchos de aquellos comerciantes se tomaban unos días de vacaciones. Turismo cultural, llamaríamos ahora. Se acercaban a ver las pirámides, el Valle de los Reyes, las tumbas de los faraones.

Eran, en esencia, los primeros turistas de masas de la historia. No peregrinos, no exploradores, no conquistadores. Hombres de negocios que, después de vender pimienta, se dedicaban a hacer turismo de postín. Y algunos, como Cikai Korran, no se conformaban con mirar y callar. Querían dejar constancia. Querían que el mundo, o al menos quien leyera dentro de dos mil años, supiera que ellos habían estado allí.

Expertos como Ingo Strauch han documentado estas inscripciones no solo en Egipto, sino también en cuevas de la isla de Socotra, frente a las costas de África, otro punto clave de la ruta comercial. Es decir, aquellos mercaderes indios no eran analfabetos funcionales. Sabían escribir, tenían cultura, y además, muchas ganas de protagonismo.

Vamos, que no eran unos pringados. Pero lo que hicieron en el Valle de los Reyes es exactamente lo mismo que hace hoy un adolescente con un rotulador indeleble en el baño de un aeropuerto: firmar. Con la diferencia de que la firma del indio ha durado dos mil años y la del adolescente desaparecerá con la fregona de la señora de la limpieza.

El graffiti sigue ahí

Así que la próxima vez que alguien se rasgue las vestiduras por un graffiti en una fachada histórica, que piense en Cikai Korran. Un mercader indio del siglo I que cruzó medio mundo, atravesó mares y desiertos, vio las maravillas del Egipto antiguo… y decidió que lo más urgente era grabar su nombre. No un poema, no un verso, no una reflexión sobre la vida. Su nombre. Porque el ego humano, amigos, no ha cambiado nada en dos mil años. Solo que antes se usaba un cincel y ahora una lata de spray.

La esencia es la misma: «Mirarme, estuve aquí». Y lo peor es que a Cikai Korran, dos mil años después, lo estamos leyendo. Así que quizá no era tan tonto. Era, simplemente, el primero de una larga estirpe de cretinos con ínfulas de eternidad. Y uno más de la especie que nunca aprende que el mundo no gira alrededor de su ombligo. Pero bueno, él ya está muerto. El graffiti, en cambio, sigue ahí. Cómo jode.

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