
El golpe que no se ve
Po Rafa Junco ()
Madrid.- Un insulto dura segundos. La culpa, toda una vida. En el medio, un ring. Y dos hombres que pagaron por palabras dichas antes del primer golpe.
Benny Paret provocó a Emile Griffith con una palabra asquerosa. Frente a las cámaras. En el pesaje. En el mundo del boxeo, donde ser hombre es no sentir, esa palabra entró como un puñal.
Griffith no respondió ahí. Respondió después. Doce asaltos después. Y cuando Paret quedó contra las cuerdas, el pasado se le vino encima golpe por golpe. El réferi no alcanzó a llegar. Paret murió diez días más tarde.
Griffith ganó el combate, recuperó el título, siguió boxeando. Pero algo se le rompió que nunca se pudo soldar.
Años después lo dijo con una honestidad que duele: maté a un hombre y me perdonaron. Amé a un hombre y muchos no pudieron perdonarme.
Esa noche, en ese ring, hubo dos víctimas. Una cayó para siempre. La otra aprendió a caminar con un muerto a cuestas.
La violencia empieza donde termina la vergüenza. Y a veces, el golpe más cruel no es el que noquea, sino el que nunca se puede dejar de dar.






