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Por Luis Alberto Ramírez ()

Miami.- A mi juicio, lo que ocurre en Cuba no es un fenómeno aislado, sino un patrón que se ha repetido en distintas sociedades sometidas a regímenes de corte totalitario. La historia ofrece ejemplos claros: en países como la Alemania nazi o la Italia fascista, amplios sectores de la población terminaron alineándose con el poder dominante, no necesariamente por convicción profunda, sino por adaptación, conveniencia o simple supervivencia.

En el caso cubano, percibo un comportamiento similar que viene incluso de antes de 1959. Muchos cubanos respaldaron a Batista mientras estuvo en el poder, y tras su caída, no pocos sustituyeron rápidamente su imagen por la de Fidel Castro. Ese cambio casi automático refleja, en mi opinión, una constante: la tendencia de las masas a identificarse con quien detenta el poder, mientras que el derrotado cae en el olvido.

Desde esta perspectiva, me parece que el apoyo popular no siempre responde a principios sólidos, sino a la percepción de estabilidad o beneficio. Si mañana se produjera un cambio de poder en la isla —sea por factores internos o por apoyo externo—, es probable que una parte significativa de la población reconfigure su lealtad hacia el nuevo escenario dominante. No necesariamente por oportunismo deliberado, sino porque, al final, muchas personas priorizan su bienestar inmediato sobre consideraciones ideológicas abstractas.

La necesidad de unirnos

En definitiva, considero que los pueblos, más que alinearse con “quién tiene la razón”, tienden a acomodarse a quien tiene la capacidad real de influir en sus condiciones de vida. Esa lógica, aunque incómoda, ayuda a entender por qué el respaldo al poder puede ser tan cambiante como las circunstancias que lo rodean.

Si Trump ciertamente ayuda a los cubanos a ser libres, entonces todos aquellos que tienen un cuadro con la imagen de Fidel en su sala, la sustituirán por una de Trump, quizás por una imagen de José Daniel, de Eduardo Arias del partido nacionalista cubano, de Orlando Bosh del partido republicano cubano, de quien sea que gane en elecciones libres, pero eso no es patriotismo, sino oportunismo.

Yo apoyo a todo opositor que defienda legítimamente la democracia en Cuba, lo que me parece un error es, dividir en tantos partidos esa decisión. Porque por ahora lo esencial es salir del castrismo, lo demás se decidirá en las urnas.

El Doctor Eduardo Arias está convencido de que solo en la unidad está la fuerza, y estoy de acuerdo en eso pero ¿quién le pone el cascabel al gato? No se puede liberar a Cuba si estamos divididos en cientos de partidos, hay que unirse y demostrar al mundo que somos capaces de gobernarnos, que el socialismo no es la solución, que podemos hacer de Cuba lo que hicimos en Miami.

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