
Zerzura no estaba en Egipto: los pájaros tenían la razón
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Resulta que el mítico oasis blanco de Zerzura, ese que volvió loco al protagonista de El paciente inglés, nunca estuvo donde todos perdieron el sueño y la brújula. Una expedición avalada por la Sociedad Geográfica Española acaba de plantar una bomba sobre el mapa: el origen de la leyenda no hay que buscarlo en las arenas de Egipto, sino en los lagos Ounianga, al norte de Chad.
Allí, donde los exploradores clásicos ni se molestaron en mirar, porque estaban demasiado ocupados siguiendo rutas que ya conocían hasta los camellos. El español Miguel Gutiérrez-Garitano, que no es nuevo en esto de desenterrar verdades donde otros solo ven polvo, ha dado con la pista que llevaba siglos extraviada.
Zerzura, que los árabes llamaban el «Oasis de los pájaros», era una ciudad blanca como una paloma, con un pájaro tallado en la puerta, tesoros escondidos y un rey y una reina dormidos como si esperaran el beso de algún explorador imprudente.
Durante siglos, los cazadores de mitos se dejaron la piel siguiendo el Kitab Al Kanuz, el libro del siglo XV que prometía riquezas a cambio de sudor y arena. Pero ninguno cayó en la cuenta de que las leyendas no son direcciones postales. Son ecos. Y los ecos, señores, no se cazan con mapa, sino con olfato.
Los mitos siempre nacen en lo que no se entiende
Lazlo Almasy, el húngaro que Ralph Fiennes inmortalizó en la película, creyó tener la respuesta en tres valles secos de la meseta egipcia de Gilf Khebir. Y se equivocó. Nadie se lo puede reprochar: era un romántico con avioneta, no un antropólogo con paciencia. Pero Gutiérrez-Garitano lo ha resuelto con una lógica aplastante: los árabes medievales conocían Egipto, Nubia y Fezzan como la palma de su mano. El único territorio que les resultaba completamente ajeno era el de los tubu, en Ounianga. Y ahí, justo ahí, es donde debió nacer el rumor. Porque los mitos siempre nacen en lo que no se entiende.
¿Y qué encontró el equipo en Ounianga? Pues lo que la leyenda prometía, pero sin los fuegos artificiales. Lagos rodeados de vegetación donde las aves acuden en bandadas a desparasitarse en aguas saladas y luego se bañan en las dulces para quitarse la sal. Un espectáculo que cualquier caravanero medieval habría interpretado como un mensaje del cielo. Y luego, casas de caliza blanca, canteras que brillan como dientes, cerros con fortalezas de adobe, salinas valiosísimas y, para rematar, tumbas megalíticas llamadas Bazinas que bien podían pasar por escondites de tesoros. Incluso dos colinas gemelas que parecen un rey y una reina petrificados. ¿Casualidad? No, amigo. Eso se llama ADN de leyenda.
Así que ya lo saben: Zerzura no era una ciudad perdida esperando ser descubierta. Era un lugar habitado, vivo, comercial, estratégico. Un punto de paso donde los tubu cobraban peaje y guardaban riquezas. Los exploradores clásicos perdieron el tiempo porque buscaban una X en el mapa, cuando debían haber buscado el contexto. Como dice Gutiérrez-Garitano, el problema es que confundieron el eco con la fuente. Y ahora, mientras los puristas lloran en sus bibliotecas, los lagos de Ounianga siguen allí, blancos, llenos de pájaros y sin necesidad de que nadie los rescate. Porque algunas leyendas, sencillamente, nunca estuvieron perdidas. Solo mal contadas.






