Neferkara I: el faraón de la miel que ayudó a inventar Egipto

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hace casi cinco mil años, cuando el mundo era un mapa de incertidumbres y el Nilo todavía se abría paso entre dioses y barro, hubo un hombre llamado Neferkara I. No era un conquistador legendario ni un constructor de pirámides. Era, más bien, un administrador del caos.

En la segunda dinastía, Egipto apenas aprendía a ser una sola pieza bajo un mismo cetro, y Neferkara gobernó en ese filo donde un error podía desbaratar siglos de esfuerzo. Su nombre, grabado en listas reales, es hoy un eco distante, pero necesario.

De él no tenemos biografías ni retratos. Los arqueólogos no han encontrado tumbas monumentales ni estatuas que lo inmortalicen. Pero su nombre aparece donde debe aparecer: en las listas de los reyes que vinieron después, como un eslabón que sostuvo la cadena. En una época donde la nación aún se tambaleaba entre el Alto y el Bajo Egipto, Neferkara fue uno de esos tipos que mantienen las cosas en su lugar sin hacer ruido. Y eso, en el origen de todo, vale más que mil batallas.

Pero la leyenda, porque siempre hay leyenda, le regaló un milagro que ningún otro faraón pudo reclamar. Se dice que durante su reinado, el Nilo —esa arteria sagrada que decidía si Egipto comía o moría— fluyó con miel durante once días. Once días de dulzura infinita. No era un simple capricho divino: era un símbolo de que los dioses habían bendecido aquel gobierno con una abundancia que rozaba lo imposible. Y en una civilización que entendía el mundo a través de símbolos, eso era más poderoso que cualquier ejército.

De los primeros Hijos del Sol

Neferkara I fue, además, uno de los primeros hombres en ser llamado «hijo del sol». Ese título, que después repetirían Ramsés, Tutankamón o Akenatón durante tres mil años, comenzó a forjarse con él. Porque alguien tuvo que inventar el protocolo, la manera de decirle al pueblo que el rey no era un hombre cualquiera, sino un descendiente de la luz. Neferkara caminó por esa línea delgada entre el mito y la realidad, y al hacerlo, sentó las bases de un culto que definiría a Egipto por decenas de dinastías.

Así que cuando miramos las pirámides o las máscaras de oro, cuando nos asombramos con los templos de Karnak o los hipogeos del Valle de los Reyes, debemos recordar que todo empezó con tipos como Neferkara I. Hombres que gobernaron cuando el país era apenas una idea, que enfrentaron inundaciones, hambrunas y rebeliones, y que, sobre todo, nos dejaron la imagen de un Nilo que un día, quién sabe si de verdad o de mentira, se volvió dulce. Porque la historia, a veces, también se escribe con miel.

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