La soga, la bomba y la mentira: cómo nació el 1 de mayo

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Corría 1889 cuando los señores de la Segunda Internacional, reunidos en París, tuvieron una idea tan simple como poderosa: declarar el 1 de mayo como el Día Internacional de los Trabajadores. Lo hicieron en honor a unos tipos llamados los Mártires de Chicago. ¿Y quiénes eran esos muertos ilustres? Pues cuatro obreros ahorcados por una bomba que jamás se supo quién tiró. Pero para entender esa horca, hay que viajar tres años atrás, a un Chicago que olía a carbón, a serrín y a doce horas de jornada sin preguntar.

En 1886, Estados Unidos era un paraíso para el dueño de la fábrica y un infierno para el que sudaba dentro. Doce horas al día, seis o siete días a la semana, salarios de hambre, niños trabajando como adultos y cero seguridad. La patronal, mientras, contaba billetes y decía que todo era maravilloso. Los trabajadores, tan locos ellos, pedían algo tan sencillo como «ocho horas para trabajar, ocho para dormir y ocho para la casa». El New York Times llamó a eso «exigencias de los más locos anarquistas». Por pedir menos jornada, ya era usted un peligro público.

El 1 de mayo, 200.000 obreros pararon. En Chicago la cosa se puso fea porque la fábrica McCormick, la de las máquinas agrícolas, se negaba a secundar la huelga. Llevaban en conflicto desde febrero, cuando los dueños tuvieron la ocurrencia de descontarles dinero para construir una iglesia. Sí, como lo lee: cobrarle al obrero para levantar una casa de Dios mientras lo explota. Eso no lo inventa ni el mejor guionista.

De herejes a héroes

El 3 de mayo la policía mató al menos a un huelguista. Al día siguiente, en la plaza Haymarket, un acto pacífico que el propio alcalde dio por tranquilo acabó con una bomba de origen desconocido. Siete policías y varios civiles muertos. El caos, servido en bandeja.

Nadie supo jamás quién lanzó la bomba. Y a la justicia de la época, más sedienta de venganza que de verdad, le importó un bledo. Los sindicatos fueron allanados, los líderes detenidos y acusados en falso. En un juicio que fue una farsa judicial, todo el poder del gran capital se volcó para aplicar un castigo ejemplar. El 11 de noviembre de 1887 ahorcaron a August Spies, Albert Parsons, Adolf Fischer y George Engel. Louis Lingg se suicidó en la celda. Antes de que le pusieran la capucha, Spies soltó una frase que aún duele: «La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora». Y vaya si llevaba razón.

Pero aquí llega el momento de soltar la carcajada amarga. Estados Unidos, cuna de los Mártires de Chicago, no conmemora el 1 de mayo. En 1894, el presidente Grover Cleveland, horrorizado por el tufo revolucionario de la fecha, trasladó la fiesta al primer lunes de septiembre. Inventó un Día del Trabajador limpito, sin sangre, sin bombas y sin ahorcados. Eso sí, hoy los restos de esos cuatro «peligrosos anarquistas» descansan en el cementerio de Forest Park bajo un monumento que el propio gobierno de EE.UU. ha declarado Hito Histórico Nacional. Los mataron por herejes y ahora los veneran como patrimonio. Cosas de la hipocresía, que es más vieja que el capitalismo.

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