Cobre y plata: la ciencia solo confirmó lo que los antiguos ya sabían

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Que vivimos en la era de la ciencia, de los estudios doble ciego, de las publicaciones en revistas de impacto y de las aprobaciones de la agencia regulatoria de turno. Y está bien. Pero no nos creamos tan listos. Porque resulta que hay cosas que los antiguos ya sabían, y lo único que hemos hecho nosotros es llegar dos mil años después a decir: «Ostras, tenían razón». Pasa con la plata. Y pasa con el cobre. Y duele decirlo, pero Hipócrates, Heródoto y los egipcios de las pirámides nos daban mil vueltas en esto de los metales y las infecciones.

Miren la plata. En el siglo V antes de Cristo, Ciro II de Persia, que era un tipo que no dejaba nada al azar, llevaba sus provisiones de agua en grandes vasijas de plata. No por postureo, sino porque se daba cuenta de que el agua se conservaba mejor. Luego, en el Far West, los colonos echaban una moneda de plata al agua para que no se pudriera. Y los cirujanos del siglo XIX usaban hilo de plata para coser heridas.

¿Sabían ellos el mecanismo? No. Pero les funcionaba. Hoy la ciencia ha descubierto que la plata mata bacterias como la E. Coli o la Salmonella, que es insípida e inodora, y que sirve para más de seiscientas enfermedades. Pero claro, tiene un problema: en seco no hace nada. Necesita humedad para liberar sus iones. La plata es exigente, qué le vamos a hacer.

La importancia del cobre

Y luego está el cobre, que es el rey de la función. Los egipcios ya lo usaban para esterilizar el agua y curar heridas. Hipócrates lo recetaba para todo. Los aztecas se hacían infusiones de cobre para el dolor de garganta. Y en Roma lo usaban hasta para las enfermedades venéreas. Pero si me apuran, hasta los soldados echaban limaduras de sus espadas de bronce en las heridas para que no se infectaran. Y oiga, funcionaba. En la epidemia de cólera de París en el siglo XIX, los médicos se quedaron con cara de tontos al ver que los trabajadores del cobre no se contagiaban. Qué casualidad. O no.

Además, el cobre tiene una hoja de servicios impresionante en el mundo del vino. En 1885, un tal Millardet inventó el «caldo bordelés», una mezcla de sulfato de cobre, cal y agua, para acabar con el mildiu. Fue uno de los primeros fungicidas de la historia. Y hoy sabemos, porque lo han demostrado estudios recientes, que el cobre es el material en el que menos tiempo sobrevive el bicho que ustedes ya saben. En superficies de cobre, las bacterias se reducen hasta un 90%. En las UCI, un 58% menos de infecciones. Y lo mejor: no pierde propiedades con el tiempo. El cobre no se cansa.

Pero en el siglo XX nos volvimos tontos. Sustituimos el cobre por plástico, por aluminio, por acero inoxidable. Más baratos, más bonitos, más modernos. Y perdimos por el camino sus propiedades antimicrobianas. Ahora, con el riesgo de pandemias futuras, resulta que vuelve a estar de moda. Como dice Bill Keevil, de la Universidad de Southampton: hay que recuperar el cobre en hospitales, en el transporte público, en nuestras casas. Y yo añado: también un poco de humildad. Porque los antiguos, sin laboratorios ni revistas científicas, ya lo habían descubierto todo. Solo les faltaba el powerpoint.

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