
Santa Clara: cuando la verdad cadáver tiene precio
Por Patxi Morales ()
Santa Clara.- Hasta aquí había llegado Cuba. No era suficiente con las colas, la hambruna silenciosa, los apagones que te dejan a oscuras hasta el alma. No. Ahora resulta que ni siquiera puedes confiar en la muerte. Porque en Santa Clara, en el Hospital Arnaldo Milián Castro, una forense ha sido descubierta por algo tan repugnante como predecible: vender la verdad de los cadáveres al mejor postor. La doctora Heidy González Valdés Ávila, especialista en Medicina Forense, presuntamente ha convertido la morgue en una oficina de cobro para criminales. Así de sencillo. Así de enfermo.
La denuncia, que estalló en redes sociales con la furia de quien ya no tiene nada que perder, es un puñetazo en la mesa. Se le acusa de manipular causas de muerte, de falsear informes judiciales y de operar como escudo legal para asesinos y delincuentes. ¿El precio? Dinero sucio. Dinero fácil. Dinero que mancha más que la sangre que ella debería estudiar con objetividad. Y mientras las familias lloran a sus muertos, al otro lado del mostrador hay quien firma un papel falso y cobra la comisión. ¿Dónde quedó el juramento hipocrático? ¿Dónde quedó la verdad? En Cuba, parece, se pudrió antes que los cuerpos.
Pero aquí no hay sorpresa. Porque estamos hablando del mismo país donde un médico gana menos que una caja de tomates y un cartón de huevos, si los consigue. Donde un forense tiene que elegir entre comer o ser honesto. Y la honestidad, señores, no alimenta. No justifico nada, ojo. Lo que hizo esta mujer, si es cierto, es una vileza. Pero explíquenme cómo se le pide ética a un profesional al que el Estado ha reducido a la miseria. El régimen castrista ha logrado algo insólito: convertir a los guardianes de la verdad en cómplices del silencio. Y la doctora González, detestable en su presunta corrupción, es solo el síntoma de una enfermedad más grande que ella.
Solo la punta del iceberg
Lo grave no es un caso. Lo grave es que esto ocurre en un hospital público, a plena luz del día, con la complicidad de un sistema que lleva décadas pudriendo las instituciones desde dentro. La forense es la punta del iceberg, pero debajo hay jueces que miran hacia otro lado, fiscales que no fiscalizan, policías que cobran la mordida. En Cuba, la impunidad tiene nombre y apellido, y a veces también bata blanca. Y mientras el pueblo exige justicia desde el hambre y el dolor, los que deberían servir a la verdad se sirven de ella.
Así que no, no me sorprende. Me da asco, pero no me sorprende. Cuba ha llegado a un punto donde hasta los muertos son un negocio. Donde la ciencia forense se prostituye por unos pocos billetes. Y donde la doctora Heidy González, si la denuncia es cierta, es solo una más en la larga lista de profesionales que cambiaron su dignidad por sobrevivir. Pero cuidado: sobrevivir no es lo mismo que vivir. Y venderse, tampoco es lo mismo que ser libre. Que se lo digan a las familias que aún esperan justicia en Villa Clara. Esa justicia que, parece, también tiene precio. Y en Cuba, todo se vende. Hasta la última verdad de un cadáver.






