
Los limpiabotas de mi pueblo: brillo, dignidad y memoria
Por Eugenio Roque de Escobar ()
MIami.- Hubo un tiempo en que los limpiabotas formaban parte inseparable del paisaje humano de Quemado de Güines. Era un oficio humilde, sí, pero profundamente honroso, con el que muchos quemadenses se ganaban la vida con esfuerzo y decencia. No había quien no conociera aquellos sillones de madera, estratégicamente colocados en distintos puntos del pueblo: frente a la tienda de los chinos, por La Puya, y en el propio centro, donde incluso llegaron a existir dos locales dedicados a este pequeño pero necesario negocio.
Cada uno de aquellos hombres —y también algunos muchachos— era un verdadero artesano del brillo. Dominaban técnicas que hoy parecerían casi mágicas. No se trataba solo de limpiar un zapato, sino de devolverle la vida. Tenían paños, cepillos y franelas diferenciadas para cada color, y conocían las tintas y betunes como un pintor conoce su paleta. Negro, carmelita, blanco… cada zapato tenía su tratamiento, y cada cliente salía con el orgullo de llevar los pies relucientes.

Pero como tantas cosas en la vida del país, aquel oficio no escapó a las transformaciones. Llegó la intervención, y con ella el llamado “consolidado”, una de esas estructuras que, en su afán de organizarlo todo, terminó desdibujando lo que funcionaba de manera natural. Aquello que había sido iniciativa individual, esfuerzo propio y sustento familiar, pasó a formar parte de un esquema que poco tenía que ver con la realidad del oficio.
Invento para sobrevivir
Aun así, los limpiabotas resistieron. Y resistieron con lo que mejor sabe hacer el cubano: inventando. Cuando escasearon la tinta y el betún —materiales indispensables— surgieron soluciones ingeniosas: betunes hechos con cera y carbón molido, tintas improvisadas a base de alcohol y carbón. No era lo ideal, pero era suficiente para seguir adelante, para no dejar morir el oficio ni la dignidad.

Queda también en la memoria la figura del niño limpiabotas, con su cajoncito al hombro, recorriendo las calles, pregonando su servicio con voz firme y honesta. Fue, en su momento, criticado por algunos, sin entender que aquel niño no pedía: trabajaba. Buscaba unos centavos para ayudar en su casa, con la frente en alto. Mucho más digno —vale decirlo sin rodeos— que otras formas de subsistencia que vinieron después, más ligadas a la dependencia y al oportunismo.
Vivos en el recuerdo
Hoy, el panorama es distinto. El calzado moderno —de tela, vinil, tenis— ha reducido la necesidad del brillo tradicional. Y junto con la desaparición del cuero legítimo, también ha ido decayendo el oficio del zapatero remendón, compañero inseparable del limpiabotas en la economía cotidiana de antaño. Todo parece indicar que aquellos sillones, aquellos cajones de madera y aquellos paños impregnados de betún van quedando como piezas de museo, si es que no han desaparecido ya por completo.

No sé con certeza cuál es hoy el estado de este oficio en Quemado de Güines. Tal vez aún quede alguno, resistiendo como último testigo. Tal vez no. Pero lo que sí es seguro es que, mientras exista la memoria, aquellos limpiabotas seguirán vivos en el recuerdo del pueblo.
Porque más que un oficio, fueron una escuela de dignidad. En cada cepillazo había esfuerzo; en cada brillo, orgullo; y en cada moneda ganada, la certeza de haberla obtenido con trabajo honesto. Los limpiabotas fueron —y seguirán siendo— una de esas imágenes pintorescas que, aun cuando desaparecen de la vista, nunca dejan de formar parte del alma de Quemado de Güines.






