
Cuando volar dejó de ser un sueño para ser una despedida
Por Carlos Alberto Sosa ()
Miami.- El asombro tiene memoria. Para muchos cubanos, durante años tuvo forma de cielo y ruido: el rugir de un motor que nos hacía levantar la vista casi por instinto. De niño, mirar un avión o un helicóptero no era algo cotidiano, era un acontecimiento. Era tocar, aunque fuera con los ojos, algo lejano, casi imposible.
Recuerdo aquel AN-2 soviético que pasaba bajito fumigando los cañaverales detrás de mi casa; tosco, ruidoso, pero capaz de dejarnos con la boca abierta. Era lo más cerca que estuve entonces de ese mundo que flotaba sobre nuestras cabezas.
Pasaron los años, y no fue hasta los 47 que subí por primera vez a un avión. Pero no hubo asombro, sino dolor. Porque no era un viaje de ilusión, sino de ruptura. Aquel vuelo no me elevaba, me arrancaba de mi tierra en busca de un futuro mejor. Ahí entendí que no todos los sueños llegan como uno los imagina.
Hoy, lejos, salgo a tomar aire y me encuentro con un helicóptero frente a donde vivo. Ya no es raro, pero algo dentro de mí se enciende. Ese niño que miraba al cielo sigue ahí. Y sonrío, incluso al pensar que es de la policía, recordando al Choco: “cuando me caigan, caiganme en alicóptero, tanke e guerra y to esa historia”.
Y es curioso cómo la vida termina normalizando lo que un día fue extraordinario. Aquí los aviones pasan a cada rato, los helicópteros sobrevuelan sin que nadie los mire dos veces. Pero uno carga su propia historia, su propia medida del asombro. Por eso, aunque el entorno cambie, hay cosas que no se negocian: esa capacidad de detenerse, mirar hacia arriba y sentir, aunque sea por un segundo, que todavía queda algo que nos conecta con lo que fuimos.






