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Por Padre Alberto Reyes (Especial para El Vigía de Cuba)

Esmeralda, Camagüey.- A lo largo de miles de años, nuestro planeta vivió un lento proceso llamado “evolución”, que fue colocando especies aquí y allá hasta que terminó con la aparición de una especie destinada a asumir el control de todo lo existente. Se le llamó “ser humano”.

A diferencia del resto de las criaturas, tenía una capacidad superior para amar, cuidar y conectarse con otros al punto incluso de sacrificarse por ellos. Y también, a diferencia del resto de las criaturas, esta condición no se desarrollaba como consecuencia de un fijo patrón genético, sino que debía ser aprendida, ejercitada, cultivada.

El éxito, la realización de una persona, radica en el desarrollo de su humanidad, ese compendio de amor, empatía, bondad, misericordia…

Una sociedad es más o menos exitosa en la medida en que promueve o bloquea la humanidad de las personas. Bajo esta perspectiva, la doctrina marxista sólo puede conducir a un ser humano fallido.

El camino a la deshumanización

Los que se adhieren al marxismo, buscan el poder hablando de libertad y democracia, y una vez que llegan al poder suprimen la libertad y la democracia, e inician un proceso creciente de esclavitud social, que va corroyendo los cimientos de la persona y, poco a poco, las va introduciendo en un lento pero sistemático camino de deshumanización.

Impiden las elecciones libres, para garantizar su permanencia en el poder. Son ellos, sólo ellos. Ellos y los suyos.

Ilegalizan y hostigan a toda voz disidente, con amenazas, con cárcel, con exilio, incluso con la muerte.

Eliminan la libertad: la libertad de prensa, de expresión, de asociación política, de líneas de pensamiento alternativas.

Monopolizan la educación y los medios de comunicación, y despliegan un sistema de adoctrinamiento social a todo nivel, de modo que la gente normalice su esclavitud, mire con benevolencia e incluso defienda a sus opresores y se convenza de que todo lo que va mal es siempre por culpa de un “enemigo externo”.

Acaban con la familia y la fe

Destierran a Dios y persiguen la religión, porque la fe es el mejor antídoto contra la opresión mental y el remedio supremo contra el miedo.

Atacan a la familia, la desunen, la fragmentan, la separan, porque un ser humano sin familia es un ser roto, y lo roto es más fácil de manipular.

Siembran el miedo, la división, la desconfianza. Promueven la delación, la intolerancia, la venganza, la violencia contra los que no se someten, la rapiña de unos contra otros.

Viven en la opulencia, a veces de modo discreto, otras veces abiertamente, mientras mantienen a la población en la precariedad, en la lucha diaria y agobiante por la subsistencia, haciendo de la vida de la gente una continua cadena de necesidades que nunca llegan a resolverse.

Y corrompen. Corrompen los mecanismos de la justicia, corrompen al entramado militar, corrompen a todos aquellos que les permiten mantener el poder y el control, y por corrupción entiendo esa mezcla de miedo, adoctrinamiento y prebendas que destruye la humanidad, que impide mirar al otro como a un hermano y que provoca que ese otro sea agredido, atacado, condenado, tratado sin piedad y sin misericordia.

Al final, la sociedad enferma, enferma de deshumanización, y llega el momento en el cual, o se rebela y se salva a sí misma, o se hunde en la bestialidad y la involución.

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