
El régimen dará una Feria de Turismo en formato híbrido
Por Yeison Derulo
La Habana.- La noticia llega envuelta en celofán institucional, con ese olor a optimismo prefabricado que tanto le gusta vender a la maquinaria oficial. La 43ª edición de la Feria Internacional de Turismo de Cuba, ahora con nombre rimbombante y formato híbrido, pretende convencernos de que la isla sigue siendo un destino atractivo, dinámico, casi resiliente.
Detrás de ese anuncio hay más maquillaje que realidad. El Ministerio del Turismo habla de “innovación” y “participación internacional”, pero el país real —ese que no sale en los stands virtuales— sigue apagado, sin combustible y sin rumbo.
Dicen que habrá jornadas virtuales, chats en vivo, clases de baile y coctelería. Una especie de Disneylandia digital para distraer a quienes todavía creen en el cuento. Lo que no dicen es que el cubano de a pie apenas tiene conexión estable para mandar un mensaje de WhatsApp, mucho menos para recorrer un “recinto ferial” online.
Ese contraste entre la Cuba que venden y la Cuba que se vive es grotesco. Es como ponerle luces de neón a una casa que se está cayendo a pedazos. La dictadura insiste en vender alegría mientras el pueblo sobrevive en modo resistencia.
El funcionario de turno asegura que “el turismo no está muerto” y que Cuba sigue viva. La frase suena bonita, pero carece de sustancia. Porque si algo ha quedado claro en los últimos años es que la llamada “locomotora de la economía” se descarriló hace rato. Pasar de más de 4,6 millones de turistas a apenas 1,8 millones no es una “limitación del sector”, es un fracaso estructural. Y no, no se puede seguir culpando únicamente al embargo. Aquí hay una gestión desastrosa, una falta de estrategia y una desconexión total con la realidad del mercado internacional.
Mientras tanto, se insiste en montar el espectáculo en Varadero, ese oasis artificial donde todo parece funcionar, pero que no representa ni el uno por ciento de la vida en la isla. Hoteles cerrados, vuelos cancelados, apagones interminables y escasez de combustible forman parte del día a día.
Nada de eso aparece en el brochure. La dictadura prefiere seguir vendiendo postales, como si el turismo pudiera sostenerse sobre una mentira prolongada. Y lo más triste es que todavía hay quienes compran ese relato.
Al final, esta feria no es más que otro intento desesperado de maquillar el desastre. Un evento que pretende proyectar normalidad en un país que hace tiempo dejó de ser normal. La dictadura juega a organizar ferias y el país se le desmorona entre las manos. Y así, entre discursos vacíos y plataformas digitales, siguen intentando convencer al mundo de que todo está bien. Pero no lo está. Y por mucho que lo disfracen, la realidad siempre termina pasando factura.






