El ajuste de última hora: Díaz-Canel encoge el Estado para salvar los muebles

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- El anuncio suena bonito, como casi todo lo que sale cuando le ponen el micrófono a un funcionario cubano. Miguel Díaz-Canel sale ahora, en medio del berenjenal económico más grande que ha tenido la isla en décadas, y dice que van a reducir ministerios. Que van a hacer el aparato estatal «más eficiente», menos burocrático. Y uno, que ha seguido este circo durante años, no puede evitar preguntarse: ¿de verdad ahora, Singao? ¿Después de sesenta y tantos años de inflar el monstruo burocrático hasta reventarlo, recién ahora se dan cuenta de que hay que ponerle dique?

Porque esto no es un acto de lucidez repentina, ni mucho menos una conversión al evangelio de la productividad. Esto es un acto de pánico mal disimulado. Díaz-Canel agarró el teléfono cuando ya el cuarto se estaba incendiando y los vecinos empezaban a mirar para otro lado. La economía está en caída libre, los apagones son un viacrucis diario, la comida no alcanza y la gente ya no cree ni en el vuelo de las maripas. Y entonces, zas, el presidente anuncia que van a fusionar ministerios. Como si con eso se fuera a resolver la escasez de leche o los cortes de luz de doce horas. Eso no es gobernar, eso es poner parches mientras el barco se hunde.

Y aquí es donde el asunto se pone más turbio, porque uno tiene que leer entre líneas, que es el oficio de esto. El anuncio llega en medio de las presiones brutales de Trump, que ya dejó claro con Marco Rubio al lado que no piensa mirar para La Habana como miró Obama. Trump quiere cambios, y los quiere ya, y si no los consigue por las buenas, pues ya sabemos cómo termina la película. Entonces Díaz-Canel, que no es tonto pero tampoco es Fidel, saca del bolsillo el discurso de la «eficiencia» y la «reorganización» para ganar tiempo. Para mostrar que algo se mueve, que hay voluntad, que no todo está paralizado. Para poner una cortina de humo mientras la casa se desmorona.

El tiempo… se les acaba el tiempo

Porque mire, si la intención fuera realmente transformar el modelo, esto tendría que haber empezado hace veinte años, o al menos hace diez, cuando Raúl Castro hablaba de «actualización» y se quedó en puros nombres bonitos. Pero no. Ahora, cuando el imperio aprieta las tuercas y la posibilidad de un cambio de gobierno impuesto desde Washington ya no suena a teoría conspirativa, entonces resulta que hay que reducir ministerios.

Eso no es reforma, señores. Eso es táctica de supervivencia. Es el boxeador que está contra las cuerdas y pide un minuto para limpiarse la sangre. Pero el árbitro es Trump y el reloj no perdona.

Y lo más triste del caso es que el propio anuncio revela la podredumbre del sistema. Porque para que un Estado necesite reducir su número de ministerios en plena crisis, eso significa que antes los tuvo de más. Que la burocracia se infló como un sapo durante décadas, mientras la gente hacía colas para comprar un huevo.

Ahora Díaz-Canel habla de «mejorar la gestión» y «recortar estructuras», pero la pregunta que no responde es: ¿quién va a controlar que esos recortes no sean solo un cambio de nombre en la puerta? Porque en Cuba sabemos que los ministerios desaparecen pero los funcionarios se quedan, se recolocan, se inventan un viceministerio nuevo y el Estado sigue siendo ese elefante blanco que no camina y estorba.

Cambios de verdad, democracia y libertad

En resumen, y para que no nos vayamos con el cuento: Díaz-Canel está haciendo lo que cualquier capitán haría cuando el barco hace agua y ve un tiburón dando vueltas. Reduce peso, tira lastre, promete cambios.

Pero el rumbo sigue siendo el mismo, el timón sigue oxidado y la tripulación sigue sin cobrar. Las medidas de «eficiencia» no son más que un espejo para que Trump y los suyos crean que algo se mueve. Pero los cubanos de a pie, los que sufren la escasez y los apagones, esos saben que reducir ministerios no les va a poner un plato de comida en la mesa.

Eso solo se consigue con cambios de verdad, con democracia, con libertad. Y eso, presidente, no se arregla fusionando dos oficinas y cambiando el membrete. Se arregla entendiendo que el tiempo se acabó. Y que usted llegó tarde. Muy tarde.

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