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Por Yeison Derulo

La Habana.- Leonardo Padura vuelve a hablar. Y cuando Padura habla, muchos escuchan con esa mezcla de respeto y resignación que provoca quien ha sabido construir una obra sólida, pero que insiste en caminar por una cuerda floja cuando se trata de aterrizar en la Cuba real.

Esta vez, en declaraciones a EFE, el autor se detiene en una idea que suena bonita, incluso necesaria: la “sed de belleza” de los cubanos en medio de la crisis. Lo dice desde La Habana, tras una conferencia elegante, rodeado de libros, jóvenes y aplausos. Pero la Cuba que respira fuera de esas paredes no está precisamente para metáforas.

Hablar de belleza en un país donde la gente hace colas interminables en una Mipyme para comprar picadillo es, cuanto menos, un ejercicio de abstracción peligrosa. No porque la cultura no importe —claro que importa—, sino porque el orden de las urgencias está completamente trastocado. El cubano de a pie no ha perdido la sed de belleza, como sugiere Padura; lo que ha perdido es la paciencia, la fe y, en muchos casos, hasta el desayuno. La épica cultural que describe el escritor convive con una realidad mucho más áspera, donde crear no siempre es una elección, sino un lujo.

Padura insiste en que hay jóvenes interesados en el arte, en la literatura, en la creación. Es cierto. Siempre los hay. Cuba ha parido talento incluso en sus peores momentos. Sin embargo, habría que preguntarse en qué condiciones están esos jóvenes, qué tan libre es su creación y, sobre todo, cuánto les cuesta sostenerla sin terminar escapando del país o silenciándose. Una cosa, Padura, es que existan inquietudes artísticas y otra muy distinta es que haya un ecosistema real que las permita florecer sin asfixia ideológica o económica.

Cuando el escritor habla de una sociedad “acostumbrada a consumir cultura”, parece olvidar que ese hábito también ha sido erosionado por la propia crisis. Ir al teatro, comprar un libro o simplemente tener tiempo para leer se ha convertido en un privilegio. El transporte colapsado que él mismo menciona no es una anécdota: es el reflejo de un país donde moverse ya es una odisea, donde asistir a una conferencia puede ser más un acto de resistencia que de interés cultural.

Padura, con su trayectoria y su reconocimiento internacional, tiene el micrófono que muchos no tienen. Quizás por eso mismo se le exige más. No basta con quedarse en la superficie amable de la cultura como refugio. Cuba no necesita solo discursos sobre belleza; necesita honestidad brutal sobre su miseria.

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