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Díaz-Canel y la ficción de la resistencia y dar la vida por la patria

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Miguel Díaz-Canel le dijo a Newsweek que Cuba no teme a una guerra. Que tiene una doctrina de defensa llamada «guerra de todo el pueblo». Que si Estados Unidos invade, lucharán. Que morir por la patria es vivir. Palabras bonitas, discurso de película revolucionaria, frases que suenan bien en una entrevista con la prensa internacional.

Pero la realidad, esa que duele y que él conoce mejor que nadie, es muy otra. Cuba no le ofrecerá ninguna resistencia a Estados Unidos. No porque no quiera, sino porque no puede. No tiene con qué. No tiene armamento, no tiene tecnología, no tiene nada. Sus tanques no arrancan, sus aviones no vuelan, sus radares quedarían ciegos antes de que el primer misil atraviese el estrecho. Y la electricidad, esa que ya no llega a los hogares, tampoco llegaría a los sistemas de defensa. La «guerra de todo el pueblo» es un cuento, una ficción que el régimen repite para que los incautos sigan creyendo que hay algo que defender.

Díaz-Canel habla de resistencia, pero el mundo sabe, y él lo sabe, que Cuba es un país desarmado. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias, otrora orgullo del castrismo, son hoy una sombra de lo que fueron. Sin combustible, los tanques son chatarra. Sin repuestos, los aviones son museo. Sin electricidad, los sistemas de radar y comunicación son decorado.

Una operación militar estadounidense no encontraría obstáculos. Encontraría, como mucho, a unos pocos miles de hombres con fusiles viejos y sin munición suficiente para un combate de más de unas horas. La resistencia de la que habla Díaz-Canel no es militar, es discursiva. Y los discursos, como sabemos, no detienen los misiles. Por eso él lo sabe. Por eso tiembla. Por eso sus palabras son tan grandilocuentes: intentan tapar el vacío con ruido.

El traicionado habla de unidad monolítica

Y luego está lo de la «unidad monolítica». Díaz-Canel asegura que el liderazgo es colectivo, que las decisiones se toman en conjunto, que la traición es casi imposible. Y uno lee eso y no sabe si reír o indignarse. Porque la realidad, la que los cubanos vivimos a diario, es que la unidad monolítica estalló hace tiempo.

El propio Raúl Castro, el general que lo puso en el poder, lo traicionó. Envió a su hijo Alejandro y a su nieto, El Cangrejo, a negociar a sus espaldas con enviados de Marco Rubio. Díaz-Canel no estaba en esas reuniones. No sabía de esos contactos. Se enteró por la prensa, por los rumores, por el clamor popular que filtró las conversaciones. Eso no es unidad monolítica. Eso es un presidente que descubre que el verdadero poder está en otra parte, que él es solo un títere, un administrador de la ruina que los Castro usan mientras negocian su propia salida. Y eso, señor presidente, es la prueba más evidente de que la traición no solo es posible, ya ocurrió.

El miedo, ese que Díaz-Canel niega con palabras pero que su cuerpo revela, está ahí para quien quiera verlo. Ha bajado de peso. Está ojeroso. Su mirada, antes más firme, ahora se pierde en el horizonte como buscando una salida. Su lenguaje corporal es el de un hombre que sabe que el tiempo se acaba. Y no es para menos.

Canel sabe lo que pasa con los tiranos

La historia de los tiranos está llena de cadáveres. Nicolae Ceaușescu, el dictador rumano que también creía tener el control absoluto, fue juzgado y fusilado en una Navidad de 1989. Saddam Hussein, el hombre que desafió a Estados Unidos, fue encontrado escondido en un agujero y ejecutado. Muamar el Gadafi, el líder libio que también hablaba de resistencia, fue linchado por su propio pueblo mientras intentaba huir.

Díaz-Canel sabe que ese es el destino de los dictadores cuando el poder se les escapa. Sabe que no hay jubilación dorada para los que han gobernado con el miedo y la represión. Por eso tiene miedo. Por eso su cuerpo lo delata. Por eso, cuando habla de no temer a la muerte, sus ojos dicen lo contrario.

Díaz-Canel dice que está dispuesto a morir por la revolución. Pero los cubanos sabemos que hasta en eso miente. No es un hombre de valor, un tipo que vaya a ponerle el pecho a las balas, sino todo lo contrario. Y ahora mismo daría cualquier cosa por no estar en el punto rojo del colimador de Trump y Marco Rubio.

Eso no se lo dijo a Newsweek, pero los cubanos lo sabemos: no es un héroe de guerra. Es un funcionario que llegó al poder porque Raúl Castro lo puso allí, y que ahora ve cómo el castillo de naipes se derrumba. Su única esperanza es que Trump se demore, que las negociaciones se alarguen, que el milagro ocurra. Pero los milagros, en política, son raros.

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